20.8.25

Mi nombre es fracaso.

        Tres años antes de que yo naciera, tres años casi exactamente, en sus anotaciones convertidas en diarios, Julio R. Ribeyro había confesado su fracaso, rodeado de oscuridad, de cenizas, incapaz de todo y con una pereza moral irresistible.

Han tenido que pasar más de veinte años de su muerte, para conocer su lucidez y compartir su perspectiva vital de soledad cuando ya uno no puede ni siquiera conversar consigo mismo. 
 La búsqueda de la verdad está destinada al fracaso. He estado desenterrando viejos textos míos publicados en su día en una revista perdida. Tan viejos eran, que no estaban ni en soporte informático. Para recuperarlos, lo más directo ha sido encontrarlos en los archivos del desván y teclear en la computadora los textos originales de los artículos escritos con estilográfica por mí.


No sé si los textos admiten relecturas después de treinta años, pero lo que sí ponen de manifiesto es que mi estilo formal ya estaba allí, prístino. O mejor dicho, no sólo estaba acullá sino que, por desgracia, todavía sigue acá.
Como si siempre hubiese estado uno escribiendo el mismo, único, texto.
No haber conseguido modificar la forma de escribir tras largo, larguísimo tiempo, sólo es índice de un fracaso sin paliativos que recomendaría, a partir de ahora, el ejercicio del silencio por mi parte.
Y es que no se trata de una dolorosa sequedad menopáusica, es que el pozo, seguramente sin aforar, estaba sin caudal.
Pudisteis haberme dado temprano aviso y ahorrado así tanta decepción que ha desembocado en este estuario de inutilidad profunda.
Como mío sólo siento una incompetencia para todo lo que la vida es. Y es que nunca aprendí a existir.
La vida ya no me sienta bien a estas alturas.


 "No hay ninguna tumba que pueda contener mi cuerpo ahí abajo".
Johnny Cash. [American VI].
 
 

Final de partida y tiempo de silencio


Cuando llega este día cada año siempre piensas como fatigan los blogs.
Algunos reflejando esas tragicómicas relaciones a lo Beckett: varón-hembra, padre-hijo, amo-esclavo, hombre-perro... Y otros incólumes. Serios, honrados. Como el de Bartleby. ¡Va por Ud.!


“No es fácil escribir en un blog lo que nos interesa en cada momento, ya que escribirlo no es lo que nos interesa”. (Thoreau)


Hay otra feria del libro. La que prefiero disfrutar. La del librero que, aliviado de la venta de novedades por las casetas oficiales, puede, si penetras en su vieja librería, enseñarte y aconsejarte sobre descatalogados y restos de series.
Buscando algo sobre Duchamp, me enjareta el vendedor hacia una estantería polvorienta donde encuentro un caduco número de la revista ER, editada por los catalanomaternos Tous y Fanés. Y héteme aquí que contiene, aparte de un 'Duchamp' por Trías, un irónico artículo de Azúa sobre la ironía y otro del propio Fanés sobre Benet, amén de ensayos sobre la memoria en boga, disculpa temática del monográfico.
Editar Bartleby en el Nickjournal la portada del otro miércoles (jo, iba a decir del otro jueves) y relacionar Benet con Azúa fue subconsciente. (U otro pequeño homenaje a otro nick).
Bartleby, aquí le digo, en estos tiempos de tergiversaciones y querellas, algunos querrían hacer bueno el (leído en ER) cinismo de: "que suerte que hubo guerra civil, porque así tenemos libros tan buenos como los que escribió Benet sobre ella".
Por fortuna, una media verónica del antitaurino Vicent el sábado en Babelia, dejó el toro en suerte: Benet, "es un escritor con discípulos y comentaristas, sin lectores". Y es que era mejor escritor Martín Santos. Aunque siempre haya un benetiano de guardia (sobre los luceros).
¿Como Ud.?

P.D. Como también me endilgó el librero las actas de unas pasadas jornadas sobre (¡no!) Wittgestein, me voy a la cabaña a estudiarlas y no sé si va a ser capaz Ud. en julio de sacarme de mis casillas, ahora que mi infelicidad se funda sobre la total carencia de acontecimientos.
Como dice el verso de A. Colinas: "Nunca me iré de aquí, aunque me vaya."




Minha Tapada







(Sr. Verle)






(Sr. Verle)


Y al oeste...




“Es vano ponerse a escribir si te tiemblan las piernas”.

H. D. Thoreau




(by Sr. Verle)


Flores de mayo (y 2).



"Quien ha visto una vez los granados del patio de la finca de Dolores, tiene que volver".
Peter Sloterdijk

Flores de mayo (1).


Una flor silvestre de lo más efímera.


 Zarzarrosa

 A propósito:

"El hechizo del hada comprometiéndola no a una incierta espera de lo que todavía podría ser, sino a la eterna recreación de lo que no puede sino ser".

Zarzarrosa, obra de Robert Coover (autor de la celebrada Azotando a la doncella), es una nouvelle postmoderna, un prodigio de perversa sutileza, un alarde de inquietantes rituales, un campo minado,  en definitiva.
Según su reseña en Anagrama, se trata de una recreación, brillante y provocadora, del inmortal relato de la ‘Bella Durmiente’ (Rosa  espino), cuento popular que simboliza el despertar sexual de las púberes.
En el relato de Coover aparecen, un Príncipe, que atrapado en las zarzas sueña con la belleza que le está esperando; una Bella Durmiente que no se puede despertar, soñando con una sucesión de príncipes que la besan; y una vieja hada, que habita en los sueños de la princesa, entreteniéndola con la leyendas de otras bellezas durmientes y tratando de imaginar la naturaleza de su deseo humano.