por Sr. Verle
Detalle de ‘Vista de Sevilla’. Óleo sobre lienzo, Museo de América (depósito del Museo del Prado). La autoría, discutida, tradicionalmente atribuida a Alonso Sánchez Coello y fechada de forma amplia en el último tercio del siglo XVI.
[En él se observan los depósitos de troncos de madera que posiblemente llegaban además de Europa, desde América a partir de 1503].
0. Introducción. –
Es sabido que la palabra retablo significa ‘detrás de la mesa’, mesa del altar y que en la Edad Media se colocaban en dicho lugar tablas con reliquias de santos que se fueron convirtiendo en iconos, estos a su vez se volvieron dípticos, trípticos, hasta los polípticos y así fueron avanzando en su desarrollo empleando variedad de materiales, como mármoles, esmaltes, marfiles etc. hasta llegar a los de madera, dorados y con pinturas o ‘en blanco’, sin decorar.
Su origen está, pues, ligado a la costumbre medieval de colocar reliquias o imágenes tras el altar, una costumbre que irá adquiriendo fuerza por su función catequizadora y que configurará la estructura en casillero clásica del retablo, ya prefigurada en los frontales románicos: escenas compartimentadas en registros horizontales y verticales, con la calle central más desarrollada para alojar a la imagen titular, de bulto o pintada, en el que las historias o escenas podían estar ocupados por tableros de pincel, relieves policromados o imágenes de bulto. Al fin y al cabo, un retablo era, según lo define Alonso de Covarrubias (1611), un conjunto de escenas con que se dramatiza una narración.
En la época en la que se ejecutaron muchos retablos, mediados del s. XVI, la primacía de la pintura en el programa iconográfico del retablo había sido sustituida, en bastantes provincias, por un mayor desarrollo de la arquitectura y la escultura en la morfología e iconografía. Esta circunstancia se refleja incluso en la titulación de los contratantes de las obras, pues hasta la mitad de ese siglo es común que los pintores sean quienes contratan la obra total y luego ceden a los ensambladores y entalladores su arquitectura. A partir de los años cuarenta del siglo XVI son los escultores los que contratan la obra, encargándose ellos de las trazas del retablo, al generalizarse el empleo de la escultura en su iconografía. Hacia los años ochenta de dicha centuria el encargo del diseño lo hacían los arquitectos.
(fuente Wikipedia)
El material estrella para construir el armazón o arquitectura de los retablos, como veremos, era la madera de pino si iban a estar sobredorados, estofados o policromados. Si se trataba de tallado ‘en blanco’ o ebanistería, se usaba nogal, cedro, caoba o, incluso, ébano, y para taraceados, madera de frutales.
Los artífices seguían, para el uso de esos materiales, los dictados de su propia experiencia artesana a la hora de elegir, y contratar, la madera adecuada para sus obras, salvo imposiciones de la propiedad.
En grabados históricos de viajeros pueden verse como se establecieron en muchas ciudades los almacenes para el suministro de maderas, denominados después (s. XVIII) ‘corrales de madera’. En ellos se vendía la madera ya escuadrada y a precios regulados.
Se solía consumir la madera más cercana a las obras, si se disponía de bosques maderables en el entorno. Aunque para usos determinados, por exigencias de calidad, compensaba cortar la madera más lejos y transportarla.
De esta forma, por ejemplo, para retablos en la cuenca del Duero y en las mesetas, fue más utilizado el pino silvestre del Sistema Central, donde el laricio casi no se usó a pesar de ser abundante en Cuenca, donde antiguamente se denominó ‘pino negral’ impropiamente y luego ‘pino pudio’.
Por el contrario, en la zona meridional de la península se generalizó en el s. XVI el uso del pino laricio de las sierras de Cazorla y de Segura llamado ‘pino salgareño’ o, como se recoge en algunos textos a partir del s. XV, ‘pino de Segura’.
Los conciertos de obra (contratos) para la ejecución de retablos, especialmente los de Castilla, suelen ser muy explícitos al exigir madera de determinados bosques locales o zonas madereras (por ejemplo, pino de Soria para las zonas de Valladolid, Palencia, Burgos, y, en menor medida, pino de Cuenca para Madrid y Toledo, etc.). Ya sabemos, a grandes rasgos, que en la península la madera más común en los retablos era el pino, aunque, según las comarcas, también se pueden encontrar el nogal, el cedro, el roble, el castaño y otras maderas locales.
En los contratos de Andalucía suele figurar, como hemos indicado, el pino de la Sierra de Segura, pero hacia mediados del siglo XVI aparece cada vez con mayor frecuencia la indicación de maderas importadas, por una lado, pino y borne de Flandes, es decir, pino de Escandinavia y roble de Centro Europa, que traían los flamencos a través del Báltico para comerciar con ella por toda Europa, por otro, cedro de Indias o de la Habana (un tipo de frondosa) y caoba, traídas cada año a Sevilla por las flotas de Indias.
La demanda de estas maderas importadas, como se verá, no era especialmente para retablos, sino que provenía fundamentalmente de la industria naval y de algunas manufacturas como la tonelera, imprescindible para el transporte mercancías. En especial el ‘cedro americano’ será muy utilizado por sus ventajas respecto al pino en ligereza, facilidad de talla y resistencia ante el ataque biológico.
1. Características botánicas de las especies usadas en la ejecución de retablos eclesiales. -
En su construcción, como se ha indicado, los materiales naturales leñosos que han sido tradicionalmente utilizados para retablos en la península han sido los pinos, por sus propiedades, pero, sobre todo, por su abundancia. Tanto en las mesetas del centro peninsular como en regiones periféricas, como la andaluza, proliferó el uso del pino, ya sea el silvestre (‘pinus sylvestris’) como el laricio (‘pinus nigra’).
Así, por ejemplo, respecto al uso de las especies cercanas a las obras, según fray José de Sigüenza (1600), primer cronista de la ejecución del monasterio de El Escorial:
“Por el contorno y comarca, grandes pinares, el de Balsaín (sic), de Segovia; el Quejigar (sic) y Navaluenga, de Ávila, y los de Cuenca, no desacomodados, donde se crían tan hermosos pinos, que los podemos llamar cedros (sic) de España, de poco menor firmeza y hermosura que los del monte Líbano, especie particular de pinos, como lo vemos aquí en sus maderas y piñas…”
Como paradigma de uso histórico de este material, está referenciado en estudios más recientes, que en la obra de El Escorial se utilizaron (en carpintería de armar y taller, no en ebanistería) fundamentalmente las siguientes maderas de pinos:
de Ávila: - El Quejigal: pino albar de llanura, piñonero o doncel, (‘pinus pinea’) y pino negral o resinero (‘pinus pinaster)’. Y
- Las Navas del Marqués [distinto a Navaluenga]: pino negral (‘pinus pinaster’).
de Cuenca: pino negral o rodeno (‘pinus pinaster’),
pino pudio o laricio (‘pinus nigra’) y
pino albal o silvestre (‘pinus sylvestris’).
de Segovia: - Valsaín: pino silvestre (‘pinus sylvestris’).
(Hay que tener en cuenta que los nombres vulgares de las especies de pino, relacionadas con coloraciones, son equívocos al pasar de una región a otra y en su denominación histórica también).
El pino silvestre predominante en el Sistema Central, de substrato silíceo, y el pino laricio predominante en Sierras Béticas, de substrato calizo, son dos maderas bastante afines, taxonómicamente próximas, ambas higrófilas y microtérmicas. No resulta fácil su diferenciación en edificios históricos.
El pino laricio, más resinoso, tiene una resistencia hasta un 20% más resistente que el pino silvestre y un 30% más que el pino pinaster.
La madera de pino laricio es una madera especialmente apta para el trabajo mecánico y ha sido históricamente la especie de preferencia cuando se deseaba emplear una madera altamente resistente. La madera de pino laricio es más pesada, más homogénea y más resistente y rígida. Otras especies más diferenciadas, por xerófilas, serían:
Pino piñonero (‘pinus pinea’).
Pino pinaster (‘pinus pinaster’).
Pino carrasco (‘pinus halepensis’).
3. Estudio de la procedencia de las maderas. –
Verdadero centro de importación de maderas foráneas, Sevilla fue desde el siglo XV, y en el XVI, un núcleo de comercio marítimo de maderas, tanto de Galicia como de Europa, presentes desde esa época en abundantes contratos de retablos no sólo andaluces, sino de latitudes próximas. Las procedentes del Norte de Europa eran el pino silvestre de importación denominado ‘pino de Flandes’ originario de Europa y/o Asia y muy apreciado y también el ‘borne’ [impropiamente ‘falso ébano’], denominación genérica aplicada, como veremos, al “roble de importación”. Posteriormente se comercializó para escultura y talla el mal llamado ‘cedro’ americano.
Así, en Andalucía nos encontramos retablos con madera de borne junto a la de ‘pino de Segura’ y otras como álamo, castaño, nogal y a partir del s. XVI, el citado ‘cedro’ que, en realidad, suele referirse a maderas aromáticas “de las Indias”. Ya, a finales del s. XIII y en el XIV, no ya en carpintería de taller, sino incluso en carpintería de armar, se había utilizado por allí el ‘quejigo’, variedad de roble (‘quercus faginea’) en estribos y refuerzos de pares de pino en armaduras, y también el cedro (‘cedrus atlantica’) en piezas cortas y decorativas. El cedro, muy apreciado, procedía del norte de África (Marruecos) con el que hubo un comercio activo.
No eran, por tanto, en esos contextos temporales y espaciales (y, aún, en nuestros tiempos y confines), inequívocas y ciertas las denominaciones escritas, y se supone habladas, de las maderas utilizadas por los imagineros:
- pino de Segura o pino laricio (‘pinus nigra’) frente a pino de Flandes o pino silvestre (‘pinus sylvestris’), y
- roble andaluz o quejigo (‘quercus faginea’) frente a roble europeo o borne (‘quercus robur’/ ‘quercus petraea’).
No obstante, si lo establecido en el contrato es que se haga el retablo con madera de ‘borne’, los resultados de los análisis actuales de las muestras de madera extraídas de ese retablo suelen concluir que la madera en que ha sido realizada su arquitectura es un quercus, es decir roble, árbol del grupo de las angiospermas (frondosas) identificable como especie: Quercus sp. Y familia: Fagaceae.
Según Covarrubias una de las acepciones de esta palabra es: “cierta especie de madera conocida en España”, sin especificar cuál. El Diccionario de la Real Academia da otro tipo de mejor información, la tercera acepción remite a madera borne y roble borne.
- Madera borne: La que es poco elástica, quebradiza y difícil de labrar, de color blanco sucio y a veces pardusco. Procede de árboles puntisecos y viejos.
- Roble borne: Melojo (roble, quercus pirenaica).
Por lo tanto, borne puede referirse a un tipo de roble común en España o, más propiamente, al roble europeo importado que suele aparecer con frecuencia en los contratos de obras de esta época.
También existen menciones que relacionan ‘madera de borne’ con madera de nogal, utilizada para elementos de órganos musicales. Y en ocasiones también se sigue utilizando con el sentido de madera quebradiza, poco densa y elástica que se desecha en carpintería, trasunto de ‘albura’.
[Nota: Dos referencias históricas fundamentales para fijar su significado las constituyen el ‘Tesoro de las dos lenguas española y francesa’ de Cesar Oudin (1607) donde se reseña: Borne, árbol de madera. - Une espece de chesne [chêne = roble], arbre prope à faire du marrain à batir. Y, también, en la 2ª impresión del Diccionario de la lengua castellana de 1770, donde figura: Borne. - Árbol especie de roble (de “liburnum” lat. Zúñiga)].
Por otra parte, fue bastante común en textos del siglo XVI y siguientes, hallar referencias al uso del ‘alerce’ en edificación; no a la conífera foránea comúnmente llamada hoy alerce europeo [o lárice] (‘larix decidua’), sino confundiéndola con el pino laricio o, más profusamente, con el cedro. Por ejemplo, en lugar de pino laricio se identificaba como de alerce la madera de la techumbre de la Mezquita de Córdoba. Así, en el arqueólogo Ambrosio Morales (1575) encontramos “alerze… pino… muy oloroso… de Berbería”. O, más tardíamente, en el dibujante Girault de Prangey (1841) se describe alerce, como especie “entre el cedro y el pino” [Nota: por paronimia, pino larix, pino lárice y pino laricio. El error parece que partió del médico Andrés de Laguna (1554) que confundió alerze y lárice, con tal fortuna que es recogida, aún hoy, en el D.R.A.E. Pero lárice es de origen latino y alerce deriva del árabe, “al-arz”, que significa ‘el cedro’ (por analogía del árabe, algún otro tratadista andalusí sugiere también enebro, “alerce español”, o ciprés)].
Esa madera fue confundida en alguna ocasión con el arar (‘tetraclinis articulata’), impropiamente llamado alerce africano, que procedía de Marruecos. En otros textos también se confunden, como en el del militar Luis de Mármol (1573-99) que recoge cedro identificado con ‘alerze’ y en Covarrubias en su diccionario, define alerce y alerzo como especie de cedro.
De tal manera que, en ocasiones, en retablos más principales, durante las labores de restauración del retablo, se han podido identificar los siguientes tipos de madera estructural: alerce, castaño, pino silvestre y roble, y en la confección de las esculturas otras distintas especies de maderas nobles como nogal, caoba, o cedrela (madera comercial americana), por ejemplo.
[Notas: La cedrela (cedrela odorata L. de las Antillas) es un género de madera muy apreciada por su aroma, estructura y color, (que se emplea en la confección de las cajas de habanos). Su nombre común en Latinoamérica es ‘cedro’, pero este nombre se puso después por la similitud de la madera con el cedro verdadero que es una conífera, llamada científicamente cedrus, género de la familia de las pináceas, originario de montañas afro-asiáticas próximas al Mediterráneo.
Y, aunque según la Gran Enciclopedia Larouse, la madera de cedro de los antiguos correspondería, con la madera de ciprés, sería por error y sólo por cierta analogía fónica, porque no tiene que ver el género libocedrus con el género cupressus, aún al ser de la misma familia, ni ellos con el género cedrus, ya que pertenecen a órdenes botánicos diferentes (también se confundía con el enebro, género juniperus de la misma familia de los primeros)].
Todo ello sin perjuicio de los tipos de maderas históricamente utilizadas en ebanistería, una carpintería más refinada. En las crónicas del Padre Sigüenza sobre El Escorial podemos hallar más referencias de maderas más sofisticadas. Para puertas reseña la encina, el nogal y, sobre todo, la caoba. Y para un órgano, el pino de Cuenca. Para librerías, cajoneras y sillerías del monasterio, cita el uso del nogal, ébano, ciprés, terebinto o cornicabra, naranjo, boj y muy secundariamente, pino. Así mismo el cedro, como “especie de pino”, escribe, o la caoba, color de brasil (sic), citando una caoba ‘macho’ y una caoba ‘hembra’, especies meliáceas americanas, también denominadas en otros textos indebidamente “cedros” o ‘cedros americanos’, que pudieran corresponder a la ‘carapa’ y a la ‘cedrela’ respectivamente y también cita, curiosamente, la ácana, madera americana de color castaño “tiene el color sanguíneo cuajado (…) como de sangre cubierta” de uso ya generalizado en el s. XVI.
4. Observaciones críticas sobre un retablo. –
Canon.
Diego de Sagredo (1526). ‘Medidas del romano’.
(fuente Wikipedia)
Se trataría de una aproximación al estudio de un retablo plateresco de madera ‘en blanco’ que databa de los años 1547-1551, ejecutado por imagineros allendepirenaicos.
Independientemente de su iconografía y otros aspectos constructivos, en cuanto a las clases de maderas usadas en sus partes, habría habido cierta confusión bibliográfica, entre ‘entendidos’ (como si se reprodujera parte de lo ya discutido up supra). Y así, en 1929 ya se advertía el empleo de madera de borne “de Flandes” para molduras, cajas y molduras guarnecidas, cedro para imaginería y balaustres y pino de avenos (sic) para molduras forradas [con ese error de transcripción, que se encuentra en otras publicaciones posteriores]. También en 1929, se reseñaba por otro autor, únicamente pino de Flandes y cedro.
En 1953, se publica, algo superficialmente, que se habría utilizado madera de cedro, cerezo, acana (sic) y otras.
[Nota: Como ya se indicó, la madera de ácana es originaria de América meridional y Cuba, su utilización aquí, lejos de los principales centros políticos, sería harto dudosa, aún 50 años después del descubrimiento de ese continente. Como curiosidad, por otra parte, podría referenciarse en el D.R.A.E. entonces: “de ácana” (loc. fig. And.): “de excelente calidad o valor”].
Ya en 1972, se llegó a considerar el uso de maderas de cedro y alerce de Flandes.
[Nota: No deja de ser interesante este error de asignación, ya que coincide con imprecisiones de denominación en maderas (alerce = cedro (sic) de Europa), recogidas en documentos de siglos anteriores].
En 1978, sólo se considera madera de cedro. En 1980, exclusivamente maderas de cedro y pino y en 1981, se retoman las clases imprecisas ya citadas antes, madera de Flandes, pino de avenos (sic) y cedro. E incluso en 1994, se referenciaría el empleo de maderas sin especificar.
Es en 1999, cuando, en trabajos de más indagación, se ajustan ya las maderas empleadas citando la de borne de Flandes, cedro y pino de Arenes [recogiendo el trabajo en su terminología, con acierto, borne = especie de roble, como vimos al principio].
Ha sido en 2008 cuando con un estudio más profesional de fuentes archivísticas, se ha llegado a dictaminar, de acuerdo con el primitivo contrato de obra, seguramente como en 1929, que se utilizarían maderas secas y muy buenas de borne de Flandes para todas las molduras, cajas y tallas, cedro para balaustres, esculturas y relieves y pino de ‘Arenes’ para las molduras forradas. Toda la obra ha de ser (…) como conviene al arte del ‘romano’ (…) con zócalo de piedra de cantería de grano blanco y menudo y sotaviga de mármol blanco de Estremoz.
[Notas: El pino de Arenes’ es el de Arenas de S. Pedro (Ávila), un pinus pinaster.
En las primeras décadas del siglo XVI, en la península ibérica se denominaba “obra del romano” al ‘renacimiento’ y sus principios constructivos y compositivos con el nuevo canon de ‘diez cabezas’ frente a las nueve de Durero, recogido por
Diego Sagredo en su ‘Medidas del Romano’, publicado en 1526.
Respecto a otros tratados, hasta 1582 no se publicaron las primeras traducciones al castellano, en concreto la complutense, del ‘Vitruvio’, conocido y citado por el Padre Sigüenza, y el “De Re Aedificatoria” de L. B. Alberti].
Detalle ornamental
Diego de Sagredo (1526). ‘Medidas del romano’.
(fuente Wikipedia)
Por otra parte, se deberá realizar un análisis de las maderas y de su estado. En síntesis, la madera que forma parte de inmuebles y muebles históricos, como los retablos, puede caracterizarse mediante un, no siempre fácil de aplicación, método empírico de datación, la dendrocronología, instrumento de análisis tanto ‘ecofactual’ (identificación y procedencia) como ‘artefactual’ (uso constructivo y degradación).
Al ser un producto natural de origen biológico, la madera está determinada por un alto grado de diversidad y variabilidad en sus propiedades. Existen maderas comunes que se pueden identificar con gran rapidez y, sin embargo, otras maderas menos frecuentes resultan difíciles de determinar. En algunos de los casos estudiados no es posible determinar la especie por lo que, o bien aparece el género, o bien la familia a la que pertenece dicha especie. Los resultados obtenidos se pueden contrastar y constatar con los datos históricos de la obra.
En consecuencia, pues, un análisis macroscópico ha de complementarse con otro microscópico, mediante el cual se puede asegurar la identificación de la especie, o al menos del género, recurriendo a la microscopía de la estructura celular.
Las fases de análisis pasarían, entonces por:
Una observación previa de una pequeña muestra de madera escuadrada y hervida al estereomicroscopio (lupa binocular). Las secciones observadas serán, radial, tangencial y transversal, en las cuales se analizan los distintos caracteres anatómicos (*).
Y una observación al microscopio óptico con luz transmitida de las distintas secciones cortadas. Algunas características a tener en cuenta serían, que la madera de gimnospermas, más arcaica, es homóxila (presenta homogeneidad en sus elementos), posee entonces traqueidas, (cuya función es de conducción y de soporte) y células parenquimáticas, y también, más secundarios, radios parenquimáticos y canales resiníferos. Por su parte, la madera de angiospermas, más evolucionada genéticamente, es heteróxila (con heterogeneidad de sus elementos), posee vasos (cuya función es de conducción), fibras (cuya función es de sostén) y también células parenquimáticas y secretoras (de almacenamiento).
A partir de conocer su naturaleza, que se debería corresponder con los datos históricos, se podrían deducir, entre otras cuestiones, datos técnicos y del tratamiento de la madera, si fuese necesario en el retablo.
El origen de algunas de las alteraciones de los elementos del retablo suele estar en su factura estructural. Respecto a sus elementos principales, las esculturas suelen ser tallas de madera, realizadas, de manera general, sobre un bloque macizo proveniente en cada caso de troncos de árboles y concebidas de pie, asentadas sobre una base que forma parte del mismo volumen escultórico. No obstante, en algunos casos, al bloque principal se le añaden algunas piezas de madera para asegurar uniones. Además, como elementos exentos pueden presentar algunos atributos iconográficos parcialmente conservados.
Alegoría de la fe.
El hecho de que la talla fuera ejecutada sobre un tronco, y sin vaciar, favorece la aparición de numerosas fisuras, muchas de ellas coincidentes con las fendas propias del trabajo de la madera, y algunas ya existentes en el momento de la creación de las figuras. Para reparar piezas puede utilizarse la introducción de "chirlatas" [ver DRAE. chirlata: 2. f. Mar. Trozo de madera que completa otro pedazo que está corto o defectuoso] en madera que proceda, en la misma dirección de la ‘veta de la madera’, con el fin de que interactúe con ella, según los cambios de temperatura y humedad existentes. Las incrustaciones deberán ser encoladas o fijadas y similarmente se sellarán aquellas separaciones y fendas de menor tamaño, así como los orificios de puntas, clavos, tornillos, etc.
Fragmentos de moldura.
En el estudio pueden advertirse piezas carcomidas, algunas incluso ya en el momento de usarlas para la talla, donde se distinguen numerosos orificios de salida del xilófago obstruidos con una preparación. Los que presente en la actualidad, sin sellado, se deberán a un resurgimiento del ataque. A través de ellos se puede reforzar la pieza mediante inyecciones. Para después, rellenar los orificios con pasta de serrín y resina de tal manera que queden tapados para consolidarlos e impedir, al mismo tiempo, que sirvan de hueco para la proliferación de microorganismos o puesta de huevos de insectos xilófagos. Por ello, tras una limpieza exhaustiva se debe proceder, en primer lugar, a impregnar la madera mediante varias aplicaciones a brocha, de un fungicida inodoro, no inflamable, de baja toxicidad y alta eficacia biológica, de elevada persistencia en el tiempo y que no deje residuos. En segundo lugar, a aplicar un consolidante de la madera, en especial en aquellas zonas altamente degradadas por los xilófagos.
5. Adenda.
El Comercio de Indias.
(El monopolio de Sevilla y el tráfico de madera).
(fuente Wikipedia)
Durante el siglo XV, la necesidad de proveer de materiales de construcción a los grandes núcleos de población castellanos era importante, y sobre todo a aquellos centros donde las instituciones eclesiásticas, la nobleza o los propios reyes patrocinaban la construcción de nuevos e imponentes edificios.
Por ello, zonas donde los pinares cubrían gran parte del territorio entre Soria y Burgos o al sur de la serranía conquense se especializaron en un sector que, a medida que avanzaba el siglo XV, comenzaba a disponer de un mercado interior en Castilla y de otro exterior orientado a la exportación hacia Aragón y Valencia. En este sentido, el comercio de madera jugó un papel esencial para satisfacer estas necesidades e impulsó la creación de vínculos mercantiles entre regiones distantes de la geografía castellana como se puede apreciar, por ejemplo, a partir del comercio de madera gallega hacia Sevilla.
Durante la larga dominación musulmana, Sevilla ya se había convertido en importante centro comercial. Se exportaban metales, frutos, aceite, maderas y otros artículos, y se importaban mercancías desde el Mediterráneo oriental que luego se reexportaban hacia los mercados de Europa.
Posteriormente fue, entre las demás ciudades castellanas, la que adquirió un relieve excepcional. La presencia en la ciudad de marinos y hombres de negocios experimentados en actividades comerciales (muchos de ellos procedentes del mundo mediterráneo) que montaban numerosas expediciones hacia las costas atlánticas de África, transforman a Sevilla en etapa entre el Mediterráneo y la Europa del norte. Este comercio facilitó la llegada de productos muy cotizados en el mundo europeo. Su puerto se convirtió en una escala imprescindible en la ruta marítima internacional que, desde Génova y demás puertos mediterráneos, conducía hacia Francia, Inglaterra, Flandes y el Báltico a través del estrecho de Gibraltar.
El descubrimiento de América, como en tantas otras cosas, abrió nuevas posibilidades. Con el fin de controlar y fiscalizar las relaciones con el Nuevo Mundo se comprende que los Reyes Católicos decidieran crear precisamente en Sevilla para su administración, en fecha tan temprana como 1503, la Casa de Contratación de Indias para fomentar y regular el comercio y la navegación en los nuevos territorios.
El tráfico marítimo entre España y las Indias tuvo su inicio a partir del segundo viaje de Cristóbal Colón que zarpó del puerto de Cádiz en septiembre de 1493 y cuya vuelta se esperaba para marzo del siguiente año. Pero a su llegada, se llevó a cabo un proyecto relativo a una nueva travesía que obtuvo el apoyo de los reyes y que requería alistar ocho naves que debían salir inmediatamente tras el acuerdo real y otros cincos barcos a los cinco meses, por lo que a partir de este momento se empezaría a dar un flujo de tráfico marítimo de forma continua entre el nuevo continente y España. Aunque no sería hasta 1501 cuando la Corona asumió el control de todas las naves que pertenecían desde aquel momento a la conocida como ‘Carrera de Indias’.
Las expediciones de Colón abrieron los territorios de las Antillas, y posteriormente toda Sudamérica, a la colonización por los castellanos. Así, desde Cuba hacia Yucatán a finales de 1518, partió una expedición a cargo de Cortés. En agosto de 1521 los mexicas se rindieron y se inició el dominio hispano en América continental, formándose el virreinato de la Nueva España. Por otra parte, en 1531 Pizarro inicia la conquista del Perú. Su dominio y control del Imperio Inca se produjo a partir de 1533.
Presumiblemente, Sevilla lo tenía todo para convertirse en la ciudad que dominase todo el monopolio del comercio con las Indias. Su producción era notable, por la cual la ciudad andaluza disponía de abundancia en los productos agrícolas mediterráneos (trigo, aceite y vino) que suponía la gran demanda de los buques y su área de producción ganadera era de las mejores de Andalucía con lo que cubría el abastecimiento de carne y otros productos.
Al mismo tiempo, la flota no hubiese sido lo que fue sin una infraestructura que posibilitase su construcción. En Sevilla se llevaba a cabo en el denominado como Puerto de Indias, lugar donde se construían y reparaban parte de los barcos con la madera que provenía de la cuenca del Alto Guadalquivir, además del establecimiento allí de otras actividades económicas que dependían de la navegación.
No obstante, Andalucía no parecía la región más apropiada para servir de base a una poderosa actividad de construcción naval. Las iniciativas que ya Alfonso X tuvo para fomentar y desarrollar las atarazanas de Sevilla no prosperaron mucho. Si bien se construían galeras en Sevilla, los puertos del Cantábrico siguieron armando la mayor parte de la marina castellana. Es que en Andalucía faltaban algunos requisitos que abundaban en el norte, fundamentalmente el mineral de hierro y la madera de roble de los montes de Vizcaya, materias imprescindibles para los astilleros. En cambio, en Andalucía, había que acudir a los pinos de Segura y de Cazorla, que flotando sobre las aguas del Guadalquivir bajaban hasta Sevilla, esta clase de madera servía para el guarnecido interior de las naves y el ensamblaje de las cubiertas, pero no ofrecía garantías en la armazón externa de la quilla, ni en el casco de los grandes navíos. En varias ocasiones, naves construidas en Sevilla, con materiales indígenas, fueron excluidas de la navegación en las Indias. O sea que, a pesar de la concentración del comercio marítimo en el Guadalquivir, Andalucía dependía en ese sentido de Cantabria.
Y es que Castilla siempre había tenido intereses atlánticos. Por ello, el puerto de Bilbao, fundado en 1300, se había convertido también en centro del comercio marítimo con Francia, Inglaterra y Flandes, estando bien servido por una numerosa flota.
El argumento de la mala calidad de la madera andaluza, fue uno de los que esgrimió así el puerto de La Coruña en 1520 con el objetivo, si no de recabar para sí el monopolio del comercio colonial, por lo menos de hacerse con parte de él, ya que ofrecía como ventajas su mayor proximidad a los principales clientes, Francia, Inglaterra y Escocia, Flandes, Alemania, Dinamarca y Noruega y que en La Coruña porque hay montes y hierro se podrían hacer muchas naves y repararlas, mientras que “en Andalucía no habría manera de hacer las naos, ni hay montes para ello y costarían dos tantos más que en La Coruña” [Archivo General de Simancas].
Pero Sevilla prosiguió como puerto hacia América. Así cuando coincidía el apresto de las flotas a Indias con otras formaciones navales y el contingente de marineros españoles no daba abasto para cubrir las necesidades de la Carrera, había que echar mano de foráneos que nunca faltaban en los muelles andaluces, pues hasta allí llegaban los llamados ‘navíos de vendeja’ que, desde las ciudades hanseáticas, de Flandes y del noroeste de Francia, venían a Andalucía con maderas, pertrechos navales, trigo y telas para trocarlos por vino, aceite y frutos secos y la diferencia de valor compensarla con plata americana.
Y es que de los puertos americanos con rumbo a España, se transportaba plata en primer lugar, así como otros productos, destacando el índigo o la cochinilla, el tinte más caro con monopolio en Veracruz, aunque sólo los metales preciosos superaron en valor al comercio de las tinturas. El catálogo de géneros indianos era mucho más largo: cueros, lana, plantas medicinales y maderas de buena calidad, maderas preciosas como la caoba, con la que se construyeron, como se verá, armazones para cañones y muebles de lujo. El citado puerto de Veracruz hará, también, de exportadora de víveres para el aprovisionamiento de la población y las flotas de la isla de Cuba.
El transporte de mercancías, sobre todo voluminosas, debía realizarse por medio de navíos, ya que el transporte terrestre se encontraba limitado a cortas distancias y a productos de alta relación precio/volumen. Por ello el transporte marítimo, bien de altura o cabotaje será el medio más importante del comercio durante toda la edad media y moderna. Desde entonces han existido una serie de leyes y ordenanzas regularon la extracción de madera para la construcción de barcos ya que los barcos seguían haciéndose de madera, y ésta era un bien escaso. Si en España, desde las Siete Partidas y el Fuero Juzgo, ya había reglamentación sobre esta materia, posteriormente fue más desarrollada con las Ordenanzas reales sobre la explotación de bosques para madera con destino a la Marina.
Las islas del Caribe y la zona adyacente de México y Centroamérica gozaron de una enorme riqueza forestal en maderas nobles. Las existencias de caoba, palo santo, palo maría, etc., eran conocidas por los españoles desde el primer período colonial. La existencia de esas zonas forestales fue descrita por los cronistas de Indias y viajeros que relataron de manera cualitativa esas masas.
La proximidad de bosques con abundancia de árboles altos, robustos y de maderas selectas era una condición imprescindible para instalar allí los astilleros que existieron prácticamente desde el descubrimiento, aunque astilleros no estables en los que se realizaban reparaciones y se construían naves de pequeño tonelaje. La bondad y profusión de las maderas de Cuba hicieron de San Juan Cristóbal el astillero más importante de América, y eso explica que mucho de lo que se enviaba a España fuesen pertrechos navales, porque además estaban gratificados.
Las maderas empleadas eran de diferentes clases y con usos navales específicos. Se cita el guachapelí como la mejor madera para la construcción naval por su resistencia a la pudrición y a la broma y por su facilidad para ser trabajada por el hacha, la azuela y el escoplo. Otras maderas importantes eran el roble amarillo y el colorado para la tablazón, el canelo para la quilla, el palo maría para la arboladura, el laurel para los remos, otras como cedro (cedrela), caoba, etc., se empleaban en función de la facilidad de extracción y existencias.
Como se ha indicado, la Monarquía Hispana bajo el imperio de los Austrias legisló para mantener y conservar la riqueza forestal americana. Dictaron leyes para que la madera fuera cortada en épocas que evitasen su putrefacción, limitaron la corta de maderas de caoba, roble y cedro para usos distintos de la construcción de navíos para la Armada Real, regularon las cortas para uso exclusivo de la Marina, prohibieron el comercio de madera a los barcos comerciales y permitieron el envío de maderas duras americanas para la fabricación de cureñas de cañones y carros artilleros y ello, en ocasiones muy especiales.
El envío de maderas a España para diversos usos a fin de suplir el ya deficitario suministro de los montes españoles y en particular para las construcciones navales y abastecer así los astilleros del Norte ante la escasez de existencias forestales en la península, es un tema recurrente en la historiografía.
Algunos autores que han publicado sobre el tráfico comercial entre Indias y España sitúan el envío de maderas como uno de los títulos más importantes de ese comercio, pero sólo la exportación de tablas y piezas de maderas nobles con destinos a diversos puertos europeos sería de posible cuantificación. Otros, a la vista de datos históricos y referencias a realizaciones con maderas americanas, como las puertas principales de iglesias o las empleadas en El Escorial, deducen que el envío de maderas a España para usos varios desde Indias sería una partida importante del comercio indiano.
Se puede afirmar que esto así no ocurrió. Los documentos analizados muestran que, en los registros de entrada de mercancías, la madera figura en un porcentaje no muy significativo, y si alguna importancia tuvo fue, quizás, el envío de maderas tintóreas, como el palo Campeche y el palo Brasil. Para analizar el tráfico marítimo durante la época colonial en los siglos XV y XVI nada mejor que resumir lo estudiado por Pierre Chaunu. Y en su obra sobre la relación Sevilla y América, la referencia a la importación de maderas no tintóreas no es característica.
El análisis del movimiento de mercancías entre España y las Indias, con todas las salvedades sobre la veracidad y fiabilidad de los registros, no nos lleva a deducir que se enviaran maderas a España para uso distinto del naval, durante los años de permanencia española en América, salvo cuando se enviaron algunas para motivos singulares como ornamentación de una edificación, para mejorar las cureñas y ruedas de los cañones de artillería, o para mobiliario lujoso encargado por familias ennoblecidas y ricas. Ya que en los siglos XVI a XVIII, la industria del mueble no fue un consumidor importante de maderas nobles, y en todo caso de maderas nobles de cedro, caoba, guayacán, etc.
Además, otras causas avalan esta hipótesis, como son las leyes promulgadas contra el envío de maderas, o la mínima rentabilidad del flete dada la posibilidad de transportar mercancías de mucha mejor relación precio/volumen que el transporte de maderas.
En los documentos analizados las partidas de envío de maderas para cualquier uso es un epígrafe insignificante. Como hemos indicado los envíos que se produjeron fueron para experimentación de su bondad en la fabricación de armazones militares o para determinados usos en moblaje, portones, etc. de obras de la Corona y la Iglesia, aunque en cantidad no demasiado significativa.
No obstante, En relación del uso constructivo como carpintería de armar, carpintería de taller o ebanistería de la caoba, en concreto, los exploradores españoles no tardaron en apreciar las propiedades especiales de esa madera de las Indias Occidentales. El primer uso registrado de la caoba (swietenia mahagoni) fue en 1514. Ese año fue tallada de ella una tosca cruz colocada en la Catedral de Santo Domingo, la capital de lo que hoy es la República Dominicana, a principios de la construcción del edificio que, finalizado alrededor de 1540, es la iglesia más antigua de las Indias Occidentales y su interior, de piedra, fue decorado con madera de caoba tallada que todavía está en casi perfecto estado después de 500 años en los trópicos. La nueva catedral reemplazaba la precaria sede que databa de 1513 y que había sido ejecutada, bajo la supervisión del maestro andaluz Luis de Moya, en bahareque o quincha y con estructura de madera [en Cédula Real del 12 de mayo de 1513, el Rey le ordena al virrey don Diego Colón, que hiciera construir una iglesia de paja y madera según y cómo se han hecho otras en la dicha isla]. Posteriormente dicho maestro, que había manejado la técnica del bahareque o ‘pared francesa’ [como la encontramos denominada en documentos del s. XVII] en la primitiva iglesia, comenzó la ejecución en piedra de la nueva catedral.
Otros registros documentales se refieren al uso de la caoba entre 1521 y 1540, cuando los españoles utilizan su madera para la fabricación de canoas y para el trabajo de reparación de buques en las Indias Occidentales. Su importación temprana y el uso en ebanistería son atestiguados por la procedencia de algunas piezas mobiliarias renacentistas españolas del siglo XVI. Aunque en 1552 el cabildo de Cuba frenó la costumbre de los maestres de navío de cortar árboles para llevar la madera a Castilla, para venderla o hacer sus casas y edificios.
El primer uso documentado en Europa de caoba dominicana para estructuras principales de edificios posteriores a 1578 se encuentra en España. Así, está especificado en cartas de Felipe II, su uso para la construcción y decoración interior de una de las más grandes residencias reales construidas durante el Renacimiento en Europa, El Escorial. Parece probable que los méritos de la caoba ya eran bien conocidos y que fue ampliamente utilizada, ya que un grupo de asesores del rey Felipe II de España la requisaron para hacer el trabajo de acabado interior y elaboración del mobiliario de uno de los edificios más caros jamás construido en Europa. Como documentó Irene A. Wright:
“Los bosques que originalmente eran abundantes alrededor La Habana habían sido ya destruidos. Cuando en 1578 el rey ordenó "maderas incorruptibles y muy buenas" -cedro, ébano, caoba, ácana, guayacán y palo de hierro [o quebracho]- expedidas para embellecer el Escorial, tuvieron que ser traídas desde lejos por sus esclavos (el ébano desde Baracoa) aunque hay evidencia de que había originalmente cedros y caobas cerca de La Habana misma, por increíble que pueda parecer en la actualidad. El envío de este tipo de madera se hizo en el verano de 1579 y otros siguieron durante un período de diez años por lo menos”.
No es tan pacífica, pues, la doctrina que sostiene que de las Indias Occidentales a España fueron enviadas caoba, cedro y otras maderas más o menos regularmente mucho antes de 1575, para una España que en ese momento dominaba el mundo y su demanda de maderas para construcción de buques era importante. La propia España, como ya se ha indicado, no tendría suficiente madera adecuada para la fabricación de navíos y sus relaciones poco amistosas con el norte de Europa hacían aleatorios los suministros de esa imposible fuente, en consecuencia, se obtendría la madera de Santo Domingo, Cuba y Jamaica para la construcción de numerosos buques de la Armada española antes de 1588. Y parece que España ya había recurrido a Cuba para los suministros de madera adecuada para mástiles de barcos, desde que la rebelión de Flandes (1566) hubiera extinguido el origen de esa fuente de abastecimiento.
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(*) Identificación mesoscópica. Stereomicroscope ‘OPTIKA’ ST-30-2LR.
M-1 (pino): anillos visibles (de 1,5 a 3 mm de ancho) en duramen, con distinción de madera de verano y de invierno. Veteado característico en corte al hilo.

M-2 (roble): madera de duramen y corazón de grano fino, anillos anuales poco distinguibles, picaduras de insectos y huellas de herramientas, muy ligero mallado en despiece radial.
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