7.8.24

Cultura o Civilización (II)

 

(Google)

 

II

 Una aproximación más afinada al  significado del término cultura,  es la que establece la analogía entre la dimensión psíquica o espiritual de la persona individual y la de la sociedad.

Esta analogía, teórica y funcional, se ha revelado fructífera y desde esa perspectiva, tal y como ha destacado Braudel, el concepto de civilización, surgiría a lo largo del siglo XVIII e inicialmente se identificó con la forma de vida y los conocimientos de las sociedades avanzadas’, contraponiéndose al término de ‘barbarie’ que se atribuía a la forma de vida y los conocimientos de los pueblos colonizados’.

Las definiciones simples de realidades complejas rara vez son claras y exhaustivas. Dar una definición simple de civilización equivale a caer en el pecado tautológico contrario: la indefinición.

 La civilización es una realidad que se puede sentir, pero que no se deja apresar. Braudel sintetiza su búsqueda del término. Civilización, como paso a un estado ‘civilizado’.

Ahora bien, según Lévi-Strauss, la cultura sería “el atributo distintivo de la condición humana”. Pero la calidad del pensamiento humano es idéntica, la mente humana es en todas partes la misma cosa, con las mismas capacidades. Y la raíz de la diversidad es la raíz de la cultura.

Las condiciones de especificidad, singularidad y originalidad de la cultura, se origina en el trasfondo de la prehistoria, en torno al año 3500 a.C.

La cultura es, genéricamente, una concepción del mundo, que percibe e interpreta a éste según cuatro tipologías distintas: mágica, mítica, simbólica e intelectual.

La civilización es un proceso, pero la cultura sigue también un ritmo ascensional. La cultura no es material, sino espiritual: la historia de la cultura es la historia del espíritu, el mundo de las ideas, que son atacadas por la acción disolvente del pensamiento ilustrado, el racionalismo especulativo de origen francés, acompañado del empirismo utilitarista inglés.

La parte de la cultura que es aplicable tanto a la masa como a la élite es la civilización, entendida en el sentido estricto y relativamente superficial de ciertos usos y costumbres que surgen como experiencia organizada de un modo de vida que representa una nueva condición humana que  se opone al estado selvático. La reducción convencional del concepto que es más apropiada se orienta a una asimilación de la civilización occidental, no ya sólo como modo de vida, sino como modelo de vida.

Ya en Kant y Rousseau, que oponían la sociedad o estado civil al estado de barbarie o naturaleza, civilización alude al tránsito de una a otra, que se personifica esencialmente en la adopción de unas actitudes civilizadas. Este proceso vigente en Europa desde finales de la Edad Media, sufrió una profunda transformación en el siglo XVIII, que culmina con el fenómeno revolucionario de 1789, dando lugar en los siglos posteriores a manifestaciones de índole aún más compleja.

Y así, como ya se ha indicado, los franceses, británicos y norteamericanos utilizarán el término civilización para referirse al conjunto de elementos espirituales que posee una sociedad, nacional o internacional, mientras que el término cultura lo aplicarán preferentemente a los aspectos espirituales que caracterizan la personalidad de los individuos.

En definitiva, para los especialistas de esos países los conceptos de civilización y cultura hacen referencia siempre a la dimensión inmaterial que comparten los seres humanos. No obstante, mientras el primero de estos conceptos se atribuye a los fenómenos inmateriales comunes a toda una sociedad, el segundo sólo se refiere a los fenómenos inmateriales específicos de las personas.

Un ejemplo significativo de esta concepción del término civilización lo encontramos en la definición que nos aporta Huntington cuando escribe:

“Una civilización es la entidad cultural más amplia. (...) una civilización es el agrupamiento cultural humano más elevado y el grado más amplio de identidad cultural que tienen las personas”.

Así, el concepto de civilización aludiría a cuatro características esenciales. Es el grado de desarrollo alcanzado por la técnica. También significa el tipo de modales reinantes. El estado de los conocimientos científicos. Y representa las ideas religiosas y las costumbres. Que en el caso de Francia e Inglaterra aparece como el orgullo de la nación propia. En Alemania no se concibe la nación como un contrato, sino como algo originario.

 En un plano histórico-social, la civilización consagra la elevación de la burguesía que así se diferencia del pueblo llano. Durante la Revolución Francesa, los valores republicanos emprendieron la exportación de sus ideales, los derechos del hombre son los derechos del ciudadano, como una consecución de sus intereses, en nombre precisamente de la civilización. Esta, como forma de vida, se opone a la tradición.

  Un componente axiológico subyace al concepto de civilización, dentro de la ideología moderna, o conjunto de representaciones comunes características de la civilización moderna. Las raíces de esta ideología moderna parten de la noción de civilité. La civilité representa simbólicamente una formación social que se manifiesta en diversas nacionalidades y en distintas lenguas. En el segundo cuarto del siglo XVI, la civilité es, esencialmente, una modificación del comportamiento a nivel individual y a nivel colectivo y se expandió, principalmente a lo largo del siglo XVII en Francia, y en Inglaterra y los Países Bajos, para constituirse de civilité en ‘civilización’, a partir del siglo XVIII.

El concepto francés de civilización —de la misma forma que el alemán de cultura— surgió entonces en la segunda mitad del siglo XVIII. Aunque su proceso de constitución, sus funciones y su significado son completamente diferentes. Ya en el siglo XVII, las cortes alemanas quisieron reproducir a escala el esplendor de la francesa. El conocimiento de las reglas clásicas permitió un acceso universal a la avanzada cultura francesa que era el lenguaje de la civilización. Buenas maneras, civilité, espíritu cortesano: claves para una hermandad de seres iluminados por la razón. El choque tiene lugar cuando la civilización francesa deja de ser cortesana y comienza a  ser burguesa.

La civilización sería propia de ingleses y franceses, que sólo buscaban su expansión comercial e industrial, explotando los territorios y sus habitantes, sin otro ánimo que el lucro y la rapiña. No les guía el respeto al pasado de los pueblos.

Para una visión romántica -o idealista, o alemana- de la cultura, fue preciso que la noción de civilización, que connota un conjunto de aptitudes generales, universales y transmisibles, cediera su puesto a la cultura, considerada en un sentido nuevo, en cuanto que ya denota otros tantos estilos particulares de vida, no transmisibles, comprensibles bajo la forma de producciones concretas -técnicas, usos, costumbres, instituciones, creencias- y que corresponden a valores observables, en vez de a verdades.

De una manera mucho más general y sin una implicación político-revolucionaria directa, el mundo germánico introdujo, desde principios del siglo XIX, un rival del concepto de civilización: la cultura (die Kultur). En las tradiciones germana y eslava, ésta última por influencia de la primera, el término de cultura designa el substrato de elementos espirituales compartidos por los miembros de una sociedad, mientras que el término civilización se atribuye a las condiciones de vida que desarrolla esa misma sociedad, cuya plasmación más directa se aprecia en las formas de organización política y económica, así como en los elementos materiales. Es aquí donde se presenta a plena luz del día, y en un prolongado debate, con el aspecto del conflicto entre nociones competidoras y con diferentes denominaciones, la oposición interna entre componentes complementarias que algunos autores habían procurado contener dentro del concepto único de civilización.

La diferenciación ya estaba presente implícitamente en Marx entre la ‘estructura’ socio-económica y la ‘superestructura’ político-cultural.

Nietzsche no fue el primero en intervenir en la discusión, pero, de acuerdo con su propia disposición, da a los términos antitéticos una expresión vehemente: la civilización no es más que domesticación, represión, encogimiento del individuo; la cultura, por el contrario, puede ir a la par con la decadencia de las sociedades, pues consiste en la expansión de las energías individuales [en De la herencia de los años 80]:

 “Cultura contra Civilización. Las cumbres de la cultura y de la civilización están muy alejadas unas de otras: no hay que confundirse, las separa un antagonismo profundo como un abismo. Los grandes momentos de la cultura siempre fueron, moralmente hablando, tiempos de corrupción; y, por el contrario, las épocas de la domesticación querida y forzada del hombre ("Zivilisation") fueron tiempos de intolerancia para las naturalezas más espirituales y más audaces. La civilización quiere otra cosa que la cultura: tal vez lo inverso”. (*)

 (*) Vide F. Nietzsche, "Aus dem Nachlass der Achtzigerjahre", en Werke, edición de Schlechta, 4 vols. Munich, 1956, t. III, p. 837.

Al respecto, en un texto fechado en 1914, Thomas Mann escribe: "El alma alemana es demasiado profunda para que la civilización sea para ella una noción superior y hasta la más elevada de todas. La corrupción y el desorden del aburguesamiento son para ella un objeto de horror ridículo". Y también: "La política es cosa de la razón, la democracia y la civilización; la moral, en cambio, es cosa de la cultura y el alma" ("Gedanken im Kriege”, en Die neue Rundschau 25. 1914, cuaderno II, pp. 1478 y 1474).

 Sin embargo, a pesar de la diferencia entre esas dos tradiciones académicas, ambas admiten que tanto la civilización como la cultura resultan esenciales para la existencia de las sociedades.

A mayor abundamiento, Duverger por su parte, aunque acepta la dimensión inmaterial como elemento definitorio de la cultura, tal y como corresponde a la tradición académica francesa, intenta superar las limitaciones que ello acarrea estableciendo una distinción entre la ‘cultura’ y los ‘conjuntos culturales’.

La “cultura (...) designa las creencias, las ideologías y los mitos, es decir, las representaciones colectivas de una comunidad, que son en cierta medida sus elementos espirituales y psicológicos, mientras que las técnicas y las instituciones constituyen más bien los elementos materiales. (...) Para evitar toda confusión denominaremos ‘conjuntos culturales’ a las culturas en el sentido amplio del término. Denominaremos, por el contrario, ‘creencias’ a los elementos propiamente culturales de un grupo, por oposición a las instituciones y a las técnicas, es decir, a las culturas en el sentido restringido del término.”

Sustenta la tesis de que los ‘conjuntos culturalesse van articulando históricamente de forma diferenciada aunque permiten contemplarlos como partes de agrupaciones más amplias a las que denomina ‘civilizaciones’. Para este autor, las civilizaciones son realidades sociales surgidas históricamente como consecuencia de la aglutinación de los conjuntos culturales o por evolución de alguno de ellos.

Considerando esta tesis, podemos establecer una distinción entre la civilización universal y las civilizaciones particulares, que se corresponderían con sus conjuntos culturales, y que podemos definirlas como los diferentes elementos espirituales y materiales que definen una forma de vida y que son comunes a varias culturas como consecuencia de una historia compartida entre ellas.

Duverger se aproxima bastante a Braudel, cuando afirma: “En la actualidad, civilización sería más bien y sobre todo el bien común que se reparten desigualmente todas las civilizaciones” los bienes que “se han convertido en bienes colectivos de la civilización.”

Si desde esta perspectiva, aceptásemos la definición del término civilización que formulara Braudel, resulta posible conjugarla con el término de cultura en la medida en que ésta significaría los diferentes elementos espirituales, históricos y materiales que configuran la conciencia o identidad colectiva y las formas de vida  de los miembros de una determinada sociedad.

Si en la Antigüedad hubo además de ‘culturas’, varias ‘civilizaciones’, en la actualidad existe, unido a ‘cultura’ y ’culturas’, una gran ‘civilización’, con pretensiones hegemónicas, cuyas dimensiones se expanden en sentido cualitativo y cuantitativo.

El concepto de civilización moderna ostenta varios caracteres definitivos. El primer rasgo es su carácter internacional y supranacional. Las civilizaciones particulares se disuelven en una única civilización. El rasgo siguiente proviene como sistema complejo y solidario.

El sistema integra no sólo realidades materiales, sino expresión del mundo de las ideas o los valores contenidos en la propia civilización (*).

 (*) El aporte clasificatorio de O. Spengler [La decadencia de Occidente. Madrid, Espasa-Calpe, 1989] es interesante: proponía la cultura como un ente vivo, así toda cultura (ente superior) concluye siendo una civilización (ente degradado). Y es que la antítesis cultura-civilización desempeña un papel capital en la obra de Spengler.

 La civilización moderna parece obedecer al designio de ser la civilización humana, superpuesta a la diversidad cultural. La uniformidad, la estandarización, puede contemplarse como pérdida de valores autóctonos, o, por el contrario, puede ser vista como el paso del estado selvático a un estado de bienestar.

La inserción del individuo o sujeto, persona o ser humano en los diferentes tipos de sociedad que existen en el mundo de hoy —más diacrónico que sincrónico— marca su pertenencia o su exclusión al mundo civilizado, estar ‘dentro’ o estar ‘fuera’, formar, dentro del sistema, parte de la estructura, o esperar, fuera del sistema, a que  éste le incorpore a uno.

 [contuinúa]

 

Bibliografía General:

 - Braudel, F. (1970).- Le monde actuel. Histoire et civilisations. Edit. Librairie Classique Eugène Belin. París, s/f. de edición (traducción de J. Gómez Mendoza y Gonzalo Anes.- Las civilizaciones actuales. Estudio de la historia económica y social. Edit. Tecnos. Madrid, 1ª ed., 2ª reimp.).

- Huntington, S.P. (1997).- The Clash of civilizations and  the remaking  of world order. Edit. Simon & Schuster. Nueva York, 1996. (traducción al castellano de José Pedro Tosaus Abadía.- El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial. Edit. Paidós. Barcelona, 1ª ed., 1ª reimp).

- Singer, M. (1974).- "Cultura. Concepto".- Sills, D.L. (dir.). International Encyclopedia of the Social Sciences. Edit. Macmillan Cº and Free Press. Nueva York, 1968. (versión castellana dirigida por Cervera Tomas, V.- Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales. Edit. Aguilar. Madrid, vol. 3).

- Duverger, M. (1972).- Sociologie politique.- Edit. Presses Universitaires de France. Paris, 1966  (traducción  al  castellano  de  Jorge  de  Esteban.-  Sociología  política.  Edit.  Ariel. Barcelona, 3ª ed.). 

 

 

 

3.7.24

Socialdemocracia.

 ‘Socialdemocracia’.

En algún conocido blog, se ha escrito que los partidos que presentan propuestas más viables son aquellos que se ajustan al marco institucional actual y los partidos que propongan cambios radicales se enfrentarían a una baja viabilidad.

Entonces, ¡hablemos de la socialdemocracia!

 


[De enciclopedias y textos de politólogos y sociólogos, que eludimos en citas cultas, entresacamos estas notas previas].

 

1.- En sentido estricto, se considera que la socialdemocracia es una tendencia política que surgió en Europa en la segunda mitad del siglo XIX, como una ideología política de izquierdas de carácter europeísta.

En ella, ya existió una contradicción entre la teoría revolucionaria que defendía la corriente ‘ortodoxa’ y la práctica política reformista que aplicaba.

Así, el punto central del debate en los años de la 1ª guerra mundial, fue la alternativa entre reforma o revolución.

Y transcurrido el tiempo, el debate entre reforma y revolución en el pensamiento del socialismo, no ha dejado de plantearse a través de distintas formas condicionadas por la coyuntura histórica. El problema se centra a menudo en qué estrategia exige la realización de dicho socialismo.

Ya destacó Ruiz Miguel que “la socialdemocracia, en cuanto concepto histórico y político, ha sufrido diversos y no leves cambios de significado en su ya secular recorrido”.

La evolución posterior de los partidos socialdemócratas, leemos en Monereo, en Europa después de la Segunda Postguerra Mundial es compleja y con desarrollos que van desde una época dorada, pasando por etapas críticas con el dominio del neoconservadurismo, hasta alcanzar la fase actual –probablemente la más crítica de todas–, caracterizada por una pérdida no sólo de poder y hegemonía, sino también de identidad político-ideológica.

Y así, para Paniagua, la crisis de la socialdemocracia, en los años 70, fue cuando el modelo de ‘estado de bienestar’ no pudo dar respuesta a la fuerte recesión a través de los instrumentos keynesianos.

En definitiva, con Blanco, más que una ideología, la socialdemocracia es el resultado de la aplicación de políticas de izquierdas en sistemas liberales.

 

2.- ¿Se ha agotado la socialdemocracia?

En esto, los comentaristas se muestran aún más críticos.

Hoy, la socialdemocracia está lejos de perseguir los objetivos que estableció cuando se constituyó, y más lejos aún de constituir un referente. Debido, según Aguirre, a la renuncia definitiva a las premisas sobre las que se había construido esa tendencia, aceptando sin ambages el orden neoliberal.

Y sus problemas, para Montagut, derivarían de la propia crisis del sistema.

Además, como explica Stephanie L. Mudge en su libro sobre el izquierdismo reinventado, que reseña J. Tamames, habría que entender los partidos como instituciones que absorben los debates o tensiones en una sociedad y los reflejan atendiendo a criterios ideológicos. Este enfoque de ‘refracción’ presta atención a la capacidad de los partidos para construir infraestructura cultural y examina el papel de las redes profesionales en la creación de intelectuales orgánicos: expertos con capacidad de intermediación entre diferentes actores sociales.

Y en la evolución de la socialdemocracia, si antes había predominado el teórico de partido y luego el teórico económico, aparecen en nuestra época una tríada de referentes. En primer lugar, el economista trasnacional, que no suele resultar popular entre los votantes, y luego surgen otras dos figuras encargadas de gestionar contradicciones: el experto en políticas públicas (tecnócrata) y el estratega político (el especialista en relatos). Todo para se produzcan, dudosamente, réditos electorales a largo plazo.

Por otra parte, de acuerdo con Taibo, la socialdemocracia fomentó una serie de mitos en torno a varias ideas vacías, como las de sociedad civil o de democracia representativa. Y coincide en que, en las últimas décadas, la socialdemocracia se ha “diluido en el magma del orden liberal, e incluso neoliberal”, de modo que habría perdido “sus ya de por sí precarias señas de identidad”.

Más radical, Puy añade, y podemos bien constatarlo en nuestros días, que la socialdemocracia es una ideología típicamente minoritaria. O sea, una ideología para intelectuales que entenderían el socialismo corno una ética que pretende combinar el ocio de pensar el mundo con la fatiga de construirlo. O para gentes que no lo son, pero que gustan atribuirse de ese título nobiliario tan típico de esta época porque no lo concede la soberanía regia, sino la soberanía del cuarto poder, o sea, los medios masivos de difusión. La socialdemocracia, sería en efecto, una actitud psicológica que ha dominado medios culturales, informativos y políticos del último medio siglo. Y se trata, pues, de una proposición emotiva, propia de la refriega política y no de una descripción científica.

 

***

 

Es, si no singular, raro, que a pesar de la existencia en la segunda mitad de nuestro siglo XX de pensadores radicales, o muy radicales en su caso, no hayan desarrollado una práctica política que intentase cambiar el sistema.

Aunque ya sabemos que de la crítica teórica no se puede deducir directamente una transformación política práctica.

 

Podemos considerar a Foucault como paradigma del pensamiento crítico radical. Así, en él, pensar fue impugnar globalmente y sin concesiones la organización de la sociedad, para cuestionar, en definitiva, las relaciones de poder, de todo tipo, que la estructuran.

Para él y otros intelectuales, pensar era no sólo resistir sino cambiar (en teoría) el orden social de forma radical. En ellos, según dice Robert Castel [vide ‘Pensar y resistir’], el trabajo intelectual implicaba una dimensión profundamente crítica que consistía en gran medida en intentar poner al descubierto dichas relaciones de poder.

No obstante, para otros, de esa inconformidad podría derivarse también, en las condiciones presentes, el deseo de reformar ese orden social a falta de poder cambiar dicho orden de forma definitiva.

 


¿Renegar de Foucault?

En cierto sentido, sí. Aunque se siga reconociendo su profundo impacto en la psiquiatría y en el sistema penal. Foucault no estaba realmente interesado en una reforma del sistema, sino más bien, en que, tras las transformaciones estudiadas por él, se viera que las relaciones de poder se mantenían intactas.

Parecería necesario, para Castel, recuperar el viejo debate entre reforma y revolución, considerando las opciones políticas que se presentan en la actualidad.

Si, con Foucault, el poder está en todas partes, impregnando todos los ámbitos, ¿en qué habría que apoyarse para un cambio fundamental del sistema? Por ello se podría plantear, una vez más, el reformismo como un compromiso que trataría de resistir para mejorar el orden de cosas existentes a falta de poder cambiarlo de forma radical.

El reformismo sería, para los posibilistas, una variante del decimonónico socialismo revolucionario, un socialismo (o socialdemocracia) que se pretenderá, otra vez, razonable o moderado. Supondría frente al liberalismo, una presencia fuerte del estado social, con un conjunto de contrapartidas frente a la hegemonía del mercado.

Políticamente, el reformismo ya había sido despreciado y combatido (también por la Intelligentsia) como encarnación de la renuncia a la revolución (con aquella denominación de ‘social-traidores’).

Pero esa relativa aceptación del capitalismo, puede entenderse por algunos como una cierta forma de resistencia a él, una (indulgente) ‘crítica’, con denuncia de la explotación de las relaciones hegemónicas de dominación y de poder. Sería un reformismo de izquierda.

¿Qué es lo que distinguiría ese reformismo de un reformismo de derechas? El papel político que, dicen, se otorgue al derecho y al estado en tanto instituciones que garanticen las condiciones necesarias para el ejercicio de una ciudadanía social.

Un verdadero reformismo de izquierdas debería asegurar una general (no sólo sanitaria) ‘seguridad social mínima garantizada’. Una sociedad únicamente puede ser democrática, creen, si sus miembros gozan no sólo de una ciudadanía política sino también de una ciudadanía social basada en una serie de derechos fundamentales.

Una importante fragilidad del reformismo, no obstante, es el modo en que se limita a aplicar tratamientos paliativos insuficientes a muchos de los efectos derivados del imponente progreso del capitalismo neoliberal.

Y es que el reformismo no sería la panacea, si no se desarrolla, afirma Castel. Habría que tender, mejor, para su trascendencia actual, a una sociedad de semejantes. Una sociedad de semejantes no es una sociedad de iguales, ya que las condiciones sociales no son estrictamente iguales (ni libres) e intercambiables, sino una sociedad en la que cada uno disponga de un mínimo de recursos y de derechos que lo hagan semejante a los demás.

 

En ese caso, recién cumplidos 40 años de su muerte, ¿olvidar a Foucault? (como nos dijo Baudrillard).

Porque “su discurso no es más verdadero que cualquier otro”, aunque llevara a cabo un diagnóstico minucioso de los mecanismos de control de la sociedad.

Parecería que no. (Deleuze decía de alguno "si tiene discípulos que se fastidie, se lo tiene merecido").

Su pensamiento continúa siendo fuente de inspiración en algunos campos, incluso algunos presuntamente más ajenos como, por ejemplo, respecto a la literatura. A partir del análisis de obras de Cervantes, Shakespeare y otros varios, indagó en la relación entre el lenguaje y la locura o el deseo.

Foucault fue un lector apasionado y erudito. Tanto de la literatura francesa como, fundamentalmente, de la norteamericana (‘la gran extranjera’ para él) y, sobre todo, de Faulkner. Su admiración le llevó a hacer, en 1970, un viaje por tierras faulknerianas, en el que subió por el valle del Mississippi hasta Natchez.

Y, ¿es que no se sabe que en este blog es verdadera devoción lo que hay por Faulkner?

 

 

Preparado por Sr. Verle

 

24.6.24

Lo caliginoso.

 

Cansinos Assens, tío lejano de Rita Hayworth, como crítico literario.

 
Ya no puede escribirse así. 

No sólo porque no se sabe, sino porque no se quiere y porque no se debe. En  definitiva, porque no se puede (*):
 

…síntesis de princesa y dactilógrafa…

…hasta la hora del cubrefuego…

…superfluo aditamento tendencioso…

…encastillarse…

…anagnórisis…

…abúlico, hiperestésico, soñador…

…epitalamio malogrado…

…al son de monótona melopea…

…sobrecogido de una búdica ataraxia…

…ardor caliginoso de una siesta malagueña…


 
 
 
(*) F. Aramburu en El País [13/07/2013]: 
"La  crítica está llamada a florecer allí donde abunda la materia criticable... Para ser ejercida con garantías de excelencia, la crítica requiere dedicación plena."


 
Seleccionado por Sr. Verle



23.6.24

Si te dicen que caí.


Cuando te dicen que Vitoria o Gerona son dos de las urbes modélicas del país en calidad de vida y otras monsergas, no tienes más remedio que recordar que fueron precisamente ellas, hace años, el destino de una gran parte de la fuerza de trabajo inmigrante desde una comarca lejana y fronteriza que, dada la estructura de sus propiedades agrícolas amén de la incomunicación y otros factores de abandono, fue pasto de menesterosidades extremas.

Es curioso, también, el porcentaje de moradores allí que no vieron otra forma de progreso que ingresar, padres e hijos, en la Guardia Civil. Por ello encontramos, al visitar los poblados de dicha comarca, a varios de los que nos habían dado noticia.

Pero también debería encontrarse en su casa otro personaje que nos interesaba, del que la benemérita ya no iba con él.
Era Perlo, o mejor ‘el Perliño’, pero no fue Perlo padre sino Perlo hijo el que contestó a nuestra demanda. La ventaja de las medias generaciones es que puedes coincidir y hacer negocios, si tu edad es intermedia, con un padre y con su hijo.

Perlo padre, del que en realidad buscábamos noticias, ya murió. Fue contrabandista y vivió, bien, de ello. Era proveedor de mi familia tendera, antes buhonera. Sobre todo de paquetes de Chesterfield de estraperlo para mi joven padre, ese ‘chester’ sin filtro que constituyó tu primer pecado grave a los diez años, robárselo a tu padre y fumártelo, tosiendo, con tus amigos tras una tapia donde finalizaba el caserío de tu villa.

Su hijo nos confirmó muchas de sus contadas historias, casi hazañas. Lo mejor fue el ajado traje de guardiacivil, guardado en arcón como reliquia, con el que se disfrazaba para poder sustraerles la carga a otros contrabandistas foráneos.


En el patio, humeante y renqueante, un destartalado alambique, atado con correas y a punto de explosionar, destilaba un bagazo al que nos convidó. Y con aquel orujo quitapenas, brindamos gozosos por su memoria.

Estrategias




Senhor Simão et al.

Reposo obligado vacacional campestre y comprobación de otras estrategias alternativas que el sistema tolera, porque desprecia por débiles o mejor por inocuas.

El Sr. António no se tiene por nada, pero si hay una persona sustentable, en estricto sentido, creo que sería él. Vive solo y sólo de la huerta de su tapada y sus animales. Con pocas necesidades materiales salvo su supervivencia natural, así, consume lo que produce y vende su excedente. Lo transporta en carreta tirada por un semoviente, del que aprovecha su estiércol. Sus judías verdes, sin mixtificaciones, no tendrían precio si las descubre un Adrià. La polla (con perdón) de corral, auténtica, que accede a venderte cuando otras comienzan sus puestas, es uno de los manjares que vislumbras por qué aquella tía rica se la regalaba a tus padres en navidad para demorar otras deudas suyas.

Otro enfoque que va proliferando es el que practica el Sr. Simão en su quinta. Intercambia, con justeza, alambradas por botellas de bagaço o tomates por higos y así se pueden preparar sopas complementariamente en cocinas distintas. Pero llevando el trueque más lejos, por importantes gestiones profesionales la única forma de pago que te ofrecía a cambio, era la dación de un cordero lechal, adecuadamente despiezado, que estuviste a punto de rechazar porque él no hacía más que denominarlo ‘borrego’. Y cuyas piernas, paletillas y chuletillas resultaron lo más exquisito que has comido jamás.

Con estrategias como éstas, no te apesadumbra tanto la crisis que los economistas te tratan de explicar mientras dabas cuenta de esos alimentos que, como bendición, vamos a comer.