6.1.25

Clonando piedras.

“La modernidad es la época del infierno…

el tiempo de lo nuevo como lo siempre igual”.

[Walter Benjamin].

 

CLONANDO PIEDRAS

 

Si en otras épocas solía ser aceptada de buen grado la traslación o transposición de obras musicales anteriores, en el siglo XX fue moneda de curso legal las transcripciones, por los compositores del momento, de obras de maestros ‘clásicos’ y uno de sus máximos exponentes fue Anton Webern con Bach, así como el de otros dodecafonistas que le precedieron, como Arnold Schönberg.

En el caso de Webern, es conocido el ejemplo del Ricercare a 6 voces de La Ofrenda musical de J. S. Bach, BWV 1079, que habiendo sido arreglado en varias ocasiones por otros compositores, su transcripción más destacada es la firmada por el vienés en 1935, quien escribió una versión para orquesta reducida, notable por su multicolor melodía de timbres. En efecto, Webern procede con extremo cuidado en esa pieza musical. Una primera mirada a su partitura revela una suma pulcritud y exactitud que hacen más bien pensar en la tesis académica de un matemático que en un compositor, allí no hay nada expuesto al azar ya que de lo que se trata es de desmenuzar en unidades el contenido motívico del ricercare. Cada motivo en los sucesivos intervalos es presentado por un instrumento diferente y su ejecución tal y como deseaba el compositor requiere una continuidad absoluta sin la menor interrupción, la línea melódica pasa de un instrumento a otro cada pocas notas, por lo que cada instrumento aporta un diferente color tímbrico a las notas que se interpretan (Klangfarbenmelodie).

La obra esta claramente dividida en dos partes la primera de ellas tiene como motivo en la primera sección el thema regium. La segunda sección es la fuga a seis voces propiamente dicha que Webern hace desarrollar adquiriendo la máxima exposición temática por la dedicada amplitud y gravedad sonora orquestal.

La conexión de esos dos compositores, va más allá de los límites que hay entre una composición y una instrumentación/orquestación. La precisión de Webern y la estructura fugada de Bach constituyen una relación de belleza musical. Sustituir un clave por una orquesta moderna es una construcción de la abstracción de la intensidad sonora, que Webern trata de modo impecable.

En el caso de Arnold Schönberg citaríamos, también en relación con Bach,  sus transposiciones del Schmücke dich, O liebe Seele, BWV 654 o del Komm Gott, BWV 631, por ejemplo.

Motivo BACH.

 

*

No se ha desarrollado en las construcciones arquitectónicas sin embargo hasta muy en nuestros días, un fenómeno, algo disímil del anterior en función de la naturaleza del objeto artístico, pero concomitante con él, cual es el de la reconstrucción de obras “perdidas”. Pudiendo hablarse, en distintos grados, de una auténtica clonación.

Como ha expresado Deleuze (1993): “un monumento no conmemora, no honra algo que ocurrió, sino que susurra al oído del porvenir las sensaciones persistentes que encarnan el acontecimiento”. Esto es justamente lo que se encuentra amenazado por el uso creciente de la tecnología, capaz de intervenir en los objetos hasta el punto de lograr su clonación, su ‘hibridación monstruosa’, apostilla Fernando R. de la Flor [ver su ‘Presencia de una ausencia’.  (A. A. V. V. (1999)].

 

Actual Pabellón de Alemania en Barcelona.

 

La replicación está de moda, véase así mismo en el mundo de la escultura el affaire de Richard Serra y el Reina Sofía (“la obra de arte ha sido… robar esa escultura” ha escrito en El País sobre ello Isidoro Valcárcel). En síntesis, retomando la expresión de Ben­jamin, así como para él había un aura del original, hay hoy un aura del simulacro, una simula­ción auténtica y una simulación inauténtica. Con lo cual ha vuelto con nuevas ínfulas el viejo debate sobre la ‘copia’ en el arte, la famosa intertextualidad que en el mundo globalizado y virtual de hoy, presenta frentes abiertos de diferente magnitud.

En las condiciones de la cultura actual, la voluntad estética lo ha invadido todo y penetrado cada intersticio, desde los objetos a los comportamientos humanos, hasta anular el sentido íntimo de las cosas. Es lo que Baudrillard (2006) llama ‘metástasis de la cultura’, que lo devora todo sin resistencia. En ese orden omnívoro, emergen formas que asumen un aspecto particular, son auténticas “bandas perforadas, que se clonan una de la otra” (Baudrillard 2006). “¿Podrá la arquitectura actual dejar de ser una arquitectura clon?” se preguntan J. Baudrillard y J. Nouvel (2002). Sensu contrario nos plantearían “¿qué es entonces un objeto singular?” Pues sería lo irrepetible, lo que guarda un secreto, lo que seduce aun no siendo hermoso, dicen. Aquello que se puede amar o se puede odiar, pero es siempre ineludible. El problema de los objetos singulares en el arte, en realidad no es más que un ejemplo de un problema mayor, el de la posibilidad de lo singular en el actual sistema cultural dominado por la globalización. Y la globalización, dice Baudrillard (2006), será el teatro de una intensa discriminación, el lugar de la peor discriminación. [Baudrillard, por cierto, no deja de participar del esteticismo que critica, sólo que se refugia en la categoría romántica de lo sublime].

Y es que la construcción contemporánea se presenta en gran modo como un collage de objetos. Escribe Jean Nouvel (2002):

“a partir del momento en que un edificio responde a una tipología dada de la cual se conocen la técnica, el precio y las condiciones de realización, se podrá duplicarlo y hacerlo construir sin tener que pagar de nuevo la concepción”.

Esto ha dado lugar al creciente fenómeno también considerado una clonación, en otro sentido del que nos interesa. Lo que traducen esos edificios ‘clonados’ es el deseo de repetir al infinito un universo homogéneo y uniforme.

 

Patio del actual pabellón.

 

Volviendo al inicio de este capítulo, ¿es que han cambiado nuestros valores culturales y la réplica es una de las cualidades de la sociedad del globalismo? Podría decirse taxativamente que sí siguiendo todo lo anterior, ya que se postula en algunos casos conocidos de edificios reconstruidos una auténtica ‘resurrección’ del objeto (su paradigma ha sido el pabellón de Mies). Se fundamentaría en la variabilidad de la concepción de lo auténtico, reflejo de la prédica postmoderna de que ya no hay historia, sino interpretaciones de la misma, y su relatividad en función de la cultura donde se manifieste [ya hemos tratado el tema de Oriente vs. Occidente; y así, las palabras auténtico o falso no significan nada contemplando el pequeño mundo de las montañas de Chugoku, como reseñó en Babelia de El País, F. C. Serraller a propósito de la novela El falsificador de Inoué].

Detrás de la reconstrucción está también casi siempre el culto al mito. “Una obra de arte puede ser la proyección intencional de un mito ya fabricado en la fantasía colectiva” escribe Kolakowski (2006). Mito relacionado por una parte [como también hemos planteado en otro capítulo] con la noción marquardiana de la ‘compensación’ y por otra parte con la pura y simple rentabilidad económica derivada de la premisa tan en boga del turismo cultural, que consagra así la condición de simulacro escenográfico. Por eso leemos en el pensador polaco:

“el mito sólo puede ser aceptado si se convierte en una suerte de imposición a la que está sometida igualmente toda la sociedad en que aquel participa. El mito configurador de valores implica una renuncia a la libertad en la medida en que se impone un modelo acabado”. (Kolakowski 2006)

 Cita o simulación, el arte actual se dedica, según Baudrillard (2006), a reapro­piarse de manera más o menos lúdica de todas las formas y obras del pasado, cercano, lejano y hasta contemporáneo. La eclosión de un pasado, no necesariamente  remoto, remite a la concepción del tiempo. A ese respecto señala Kolakowski (2006) que aparece

el deseo de suspender el tiempo recubriéndolo con la forma mítica del tiempo: aquella que permite creer que lo pasado, respecto de su valor, se conserva en lo duradero, que los hechos no sólo son hechos, sino materiales de un mundo de valores que se puede salvar pese a la irreversibilidad de los sucesos”. 

Lo duradero [ya lo hemos escrito antes] se asocia eurocéntricamente con el monumento de ‘piedra’. Nada escapa entonces a la transformación actual del objeto artístico en fetiche y la arquitectura moderna no podría ser menos.

Todo el dilema es éste [el complot de Baudrillard]: o bien la simulación es irreversible con lo cual nos preparamos para la repetición in­sensata de todas las formas de nuestra cultura; o bien existe el arte de la simulación, una cualidad irónica que resucita una y otra vez las apariencias del mundo.

 

El simulacro del simulacro: Fotografía de Hannah Collins. (Colección Telefónica).

 

Como recalca Félix Duque (2004) en 'Terror tras la postmodernidad' [y ya nos lo intuyó Benjamin]:

“En el baile de disfraces de la postmodernidad, las variopintas configuraciones cambian aceleradamente rasgos y maneras, gestos y tendencias, sin que nada cambie en el fondo… porque ya no hay fondo. Todo se mueve en el ‘continuum’ de una ajetreada superficie”.

 Y en 'Construir ficciones' Diego Mielgo (2008) nos añade:

“Al sustituir una realidad indeseable y dominante por un objeto, el fetiche, una de las más notables manifestaciones del fenómeno acontece en la arquitectura… La función del fetiche arquitectónico sería la de preservar la ilusión para reprimir la realidad de su obsolescencia como objeto”.

Más radical, Rafael Argullol (2007) en 'El fin del mundo como obra de arte' sentencia:

“Siempre hemos estado en manos de simuladores y lo aceptamos porque nosotros también lo somos. La cuestión no estaba, pues, en una pugna entre veracidad y simulación, sino en  la potencia que ésta demuestra para imponerse. Los grandes intérpretes de la simulación son, precisamente, aquellos capaces de transformar el murmullo del eco en una música poderosa”.

*

A. A. V. V. (1999).- ‘Cuaderno de Restauración X’. Instituto Juan de Herrera, E. T. S. A. Madrid.

ARGULLOL, R. (2007).- El fin del mundo como obra de arte. Acantilado, Barcelona.

BAUDRILLARD, J. (2006).- El complot del arte. Amorrortu, Argentina.

BAUDRILLARD, J. y NOUVEL, J. (2002).- Los objetos singulares. Fondo de Cultura Económica, México.

DUQUE, F. (2004).- Terror tras la postmodernidad. Abada, Madrid.

HERNÁNDEZ MARTÍNEZ, A. (2007).- La clonación arquitectónica. Siruela, Madrid.

KOLAKOWSKI, L. (2006).- La presencia del mito. Amorrortu, Argentina. 

MIELGO BREGAZZI,  D. (2008).- Construir ficciones. Para una filosofía de la arquitectura. Biblioteca Nueva, Madrid.

 

Sr. Verle

 

 

12.12.24

El nombre crea un presentimiento

 El nombre crea un presentimiento

 


 [a proposito de su anterior exposición en el Pompidou de París]

Un pequeño libro, exquisito y caro, llama mi atención en la sección que nadie mira en esa librería de provincias. Editado por Mrs. Foster, recoge un trabajo expuesto en su galería de un pintor que siempre me ha interesado y además me sirve de redundancia para continuar con el asunto del argonauta [*] aunque aquí se refiera al mito originario. Lo griego pasado por el tamiz tedesco [Azúa] again.
  

***

Centrando el objetivo:
Kiefer se ha dedicado a la historia y a sus mitos, porque para él la historia se encuentra arraigada en el mito, se basa en una difusa ideología derivada de mundos muy distantes en el espacio y en el tiempo y está marcada por su invocación irracional. Además Kiefer intenta aceptar la fascinación del mal en un convincente y evocativo patetismo con una pintura reflexiva, compleja y muy alemana [Ruhrberg dixit]. 
"Beuys fue el último utópico del arte contemporáneo, al menos hasta el momento (...) desde entonces se han reconstruido las barreras a lo largo de las fronteras de la utopía; el futuro es un libro con siete sellos" ('Arte del siglo XX'. Taschen. Colonia, 1999)

Por ello Anselm Kiefer se justifica en su libelo:
"Un proceso tan normal como tomar un café puede albergar la dramática lucha de los argonautas, sólo hay que reconocerla... 
Es una cuestión de la incidencia de la luz".

© A. Kiefer
Die Argonauten, 1990/2010.
Grupo de 27 obras (lápiz sobre fotografía)
30 x 47 cm aprox.


Y en otro lugar:
“Mis obras son muy frágiles y no tan sólo en el sentido literal. Si las colocas juntas en las circunstancias equivocadas, pueden perder completamente su poder. Es por ello que lo que yo hago es darles un espacio, quiero dar un espacio a la pintura”, señalaba el artista en una entrevista concedida a finales de 2006 a la revista Modern Painters.


***

Anselm Kiefer (nacido en 1945 en el sur de Alemania) es un artista pictórico de origen judío, representante de la nueva vanguardia y adscrito al Neoexpresionismo, una de las corrientes del arte postmoderno surgida en el último cuarto del pasado siglo.
Estudió artes plásticas en Friburgo, en Karlsruhe y en Düsseldorf, donde realizó estudios de derecho y lengua francesa además de pintura, siendo alumno de Joseph Beuys.
Sus primeras realizaciones se centraron en el terreno de la instalación y el happening, pasando después a la pintura. Al final de la década de los setenta, se erige como el artista capaz de imponer la nueva pintura alemana en el ámbito internacional. Kiefer es uno de los artistas alemanes posteriores a la Segunda Guerra Mundial más reconocido internacionalmente como uno de los más importantes creadores de nuestro tiempo, pero también de los más controvertidos. Famoso sobre todo por su arte ‘matérico’, utiliza telas de gran tamaño que impregna con materiales diversos e inscripciones.

Su producción de los  años setenta giró en torno a la mitología, la historia y la simbología alemana, temas que el artista investiga profundamente y que utiliza de forma recurrente en sus obras como medio para evitar el proceso de amnesia colectiva en que estaba sumido su país tras la derrota del nazismo y ante las brutalidades y tragedias históricas de una Alemania desmembrada por la Segunda Guerra Mundial y en plena lucha por la restitución de su identidad como país.
Kiefer profundiza en la historia y la mitología como medio para reparar las heridas y, afrontando los errores pasados, crear una nueva sociedad alemana revitalizada. En sus pinturas matéricas  Kiefer desafía el pasado y toca cuestiones tabú de la historia reciente alemana [p. e. el arquitecto del nazismo Albert Speer], referencias comunes en su obra de este periodo que ha sido considerada un auténtico “teatro de la memoria”.

Durante los años ochenta se interesó especialmente por la mística judía. De ahí que sean frecuentes y recurrentes en su obra las referencias a la simbología de la Cábala. Es muy característica en su producción de entonces la presencia de letras, siglas, nombres de persona, figuras míticas o lugares con una fuerte carga histórica. Se trata de signos que ponen de manifiesto el peso de la historia y de los elementos míticos y literarios del pasado cultural. Su pintura es, en este sentido, profundamente literaria.

A comienzos de los años noventa, tras una serie de viajes por todo el mundo, Kiefer comienza a inspirarse en temas más universales, igualmente basados en el misticismo y los simbolismos ocultos, pero centrándose ahora más en el destino global del arte y de la cultura, así como en la espiritualidad y los mecanismos y misterios de la mente humana.
Desde 1993 Kiefer vive y trabaja cerca de Avignon, donde ha creado un auténtico laboratorio artístico que le permite conjugar ideas y testar materiales, transformándolos en nuevas experiencias artísticas.

Inicialmente Kiefer basó su estilo en la obra de Georg Baselitz, trabajando gruesas capas de color con fuego o ácidos y combinándolas con vidrio, madera o elementos vegetales. En sus obras fusiona la pintura, la escultura y la fotografía, mediante técnicas como el collage o el assemblage. Sus trabajos subrayan la solemnidad y la naturaleza trascendente de su contenido no sólo por sus cualidades táctiles, sino por la violencia de su pincelada y la opacidad que transmite una paleta de colores casi monocroma, mezclada con materiales poco ortodoxos y endebles, incluso de desecho, en contraste con la transparencia de su significado. Preocupado por los grandes temas cosmológicos, míticos e históricos, se perfila en su obra la influencia de su maestro Joseph Beuys, así como la de filósofos como Heidegger o Foucault, este último profeta, como Kiefer, de la "desaparición del hombre".

Considerado como uno de los más importantes artistas en activo, ha sido el protagonista en la últimas cuatro décadas de exposiciones de pinturas, esculturas, dibujos e instalaciones en la instituciones y museos más relevantes de todo el mundo y sus trabajos forman parte de las más prestigiosas colecciones de arte públicas y privadas. Así, tiene una importante colección en el Museo Guggenheim de Bilbao.


 
  
 



(by Google)


Navigare necesse est. Vivere non est necesse.

 Navigare necesse est. Vivere non est necesse.


[Menos mal que nos queda Portugal]

Aquel pasado 11 del 11 del 2011, estando fraguando un post explicativo del que fue aquí de cortesía para Arcadi Espada brindándole un lema para su frontispicio, a fin de aclarar el origen de la famosa frase latina,  vuelven a citarla en ‘Carne Cruda’ de Radio 3 y es que así ha titulado (Navigare necesse est”) Wim Mertens, el músico minimalista belga en hispana gira, el quinto tema de su ultimo trabajo grabado este año, ‘SERIES OF ANDS – Immediate Givens’, entrevistado en dicho programa.

La intriga por la frase había comenzado el 31/12/2010 leyendo a Carlos Boyero [El País pág. 46] quién, hablando de Caetano Veloso y Chico Buarque, escribe que cantaban a Pessoa cuando entonan: “navegar es preciso, vivir no es preciso”. Y en efecto, en ‘Plural de nadie. Aforismos’ opúsculo de Fernando Pessoa publicado en México en 2005 por Verdelago et al. [hay varias ediciones], se recoge como aforismo nº 251 de Pessoa: “Navegar es necesario, vivir no es necesario”.
Por otra parte, Juan Barja en su libro sobre W. Benjamin ‘Historia, sueño, fin’ [Abada Ed. Madrid, 2010] cita, como exergo del primer capítulo, la referida frase latina que atribuye como divisa de la Liga Hanseática  allá en el siglo XIII.  Ese libro está dedicado a Félix Duque quién, meses antes, firma el epílogo del libro póstumo de Franco Volpi  sobre Heidegger y sus Aportes a la filosofía [Ed. Maia. Madrid, 2010]. Duque, a este respecto, cita allí al romano Pompeyo: “Navegare necesse est. Vivere non est necesse” (pág. 112) y remite a la repetición de dicha frase (“Navegar é preciso. Viver naô é preciso”) por Pessoa y por Caetano Veloso. Es más, en la nota nº 31 a pie de página, añade que Veloso repite dos veces ese ‘verso’ al final de su canción “Os argonautas” recogida en su ‘White album’ de 1969.
Así las cosas, el 16/07/2011 leímos a Marcos Ordóñez [Babelia. El País pág. 22] decir que la citada frase era el lema de los mitológicos Argonautas griegos de Jasón. Craso error.

Aunque Caetano Veloso le pusiese música en ‘Os Argonautas’, la expresión “navigare necesse est, vivere non necesse” (navegar es necesario, pero vivir no lo es) es atribuida a Pompeyo por Plutarco, quién dice que el general romano dijo esta frase cuando sus marineros, amedrentados por los rayos, se negaban a embarcar durante la guerra [cf. Plutarco ‘Vidas Paralelas’: Vida de Pompeyo, L (50,2)].
La frase fue recuperada por la Liga Hanseática, que la convirtió en su lema.
Parafraseando dicho lema, otros lo han utilizado con distintos sentidos.
 
Así, Gabriele D'Annunzio  en su Alle Pleiadi e ai Fati’ escribe:
“Gloria al Latin che disse: "Navigare
è necessario; non è necessario
vivere". A lui sia gloria in tutto il Mare! ...”
 
O, como Pessoa, que la transforma en un canto a la creación en su poema ‘Navegar é Preciso’:
‘Navegadores antigos tinham uma frase gloriosa:
"Navegar é preciso; viver não é preciso."(*)
Quero para mim o espirito desta frase, transformada
A forma para a casar com o que eu sou: Viver não
É necessario; o que é necessario é criar...’
 
[(*) vide Nota de Soares Feitosa: "Navigare necesse; vivere non est necesse" - latín, frase de Pompeyo, general romano, 106-48 A.C.]

Pessoa dice en ese poema que "Vivir no es necesario, lo que es necesario es crear". Otra interpretación de ese poema indicaría que la navegación es el resultado de la actitud racionalista del mundo occidental: la navegación exigiría precisión, mientras que la vida quedaría dispensada de tenerla.
No obstante, fue el propio Pessoa el que más ha contribuido a la falsa atribución jasoniana del sintagma.
Y es que, en su muy conocido ‘El Libro del Desasosiego’, Fernando Pessoa nos dejó verdaderamente escrito:
 “…Decían los argonautas que navegar es preciso. Argonautas, nosotros, de la sensibilidad enfermiza, digamos que sentir es preciso, pero que no es preciso vivir” [450].
O mucho más evidente:
“…Nos quedamos, pues, cada uno entregado a sí mismo, en la desolación de sentirse vivir. Un barco parece ser un objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar, sino llegar a un puerto. Nosotros nos encontramos navegando, sin la idea del puerto al que deberíamos acogernos. Reproducimos así, en la especie dolorosa, la formula aventurera de los argonautas: navegar es preciso, vivir no es preciso” [4].

Para concluir y en un cierto descargo para Pessoa, Enrique Leff  en ‘Discursos sustentables’ [Ed. Siglo XXI, México, 2008]  en su Cap. ‘Diálogo de las aguas y diálogo de saberes’ (pág. 244.) recoge, en Nota al pie nº 4, lo siguiente corroborando lo sabido:
“La frase no proviene de los marineros capitaneados por Jasón. Pessoa usa ‘argonautas’ en sentido lato como navegantes antiguos, según el editor del Livro do Desassossego
… Maria Aliete Galhoz (una de las transcriptoras del libro) descubrió la fuente primitiva de la frase en Vidas paralelas de Plutarco. La pronunció Pompeyo cuando ordenó a sus naves que, a pesar de una gran tormenta, partieran hacia Roma con el trigo cargado en Sicilia, Cerdeña y África…
…Pessoa descubrió la frase en un artículo publicado en The Spectator, redactado por Joseph Addison…”

En consonancia con todo lo anterior, tenemos que hacer bueno aquí y ahora, lo que Enrique Rojas escribía en la Tribuna de El Mundo en este 11.11.11:
“La vida es una carta náutica en donde aparecen los principales avisos para navegantes”.



 
Referencia web: