18.9.24

Los primogénitos

Han hecho 11 años.
Muerte del poeta Juan Luis Panero.
Hijo de Leopoldo Panero y hermano de Leopoldo María Panero.
 
Un antiguo texto:
 
 
Los primogénitos
 
No solemos pensar en lo muy arraigada subrepticiamente que se encuentra la bíblica costumbre de sacrificar a los primogénitos. A los de diversa laya y condición.

Y así parece que sólo los primogénitos tenemos la misión de defender a los primogénitos.

Por eso elegí siempre a Melchor como mi rey mago.

Por eso prefería, como actor y como personaje, a Adam Cartwright, frente a Hoss y a Joe, en la serie de televisión Bonanza.

Y por eso disculpo a Juan Luis Panero, con el que ya fui más complaciente en la recepción de El desencanto que con sus hermanos y del que me interesa lo que tiene escrito.
 
No yerra Ernesto Baltar en Jot Down Cultural Magacine (‘Los Panero, un fin de raza literario’) cuando escribe que si a Benítez Reyes le gusta su muy recomendable Poesía completa, por algo será.

Otra faceta suya a revindicar es la de traductor. Véase la muestra en la cuidada selección de poemas de Malcolm Lowry que Tusquets publicó en su centenario, al cuidado del mayor de los Panero y que no tiene desperdicio para entender mejor al Cónsul bajo el volcán.

Así, tiene traducido:

EN LA CÁRCEL DE OAXACA:
 
“… Aquí –donde curan la sífilis
con linimento Sloan y la gonorrea
con una dosis doble-.” 


O mejor, EPITAFIO:
 
“Malcolm Lowry
Fantasma del Bowery
Retórico en su prosa
Borrachera penosa
De noche vivía, de día bebía
Y tocó el ukelele hasta el último día.”





 Amén.

 
***
Y es que los primogénitos estamos más quemados que...

(by google)

Claro, Clarasó.

 


CUARTO CRECIENTE, LUNA LLENA, CUARTO MENGUANTE.
 NOEL CLARASÓ 

"Los hombres y las mujeres no necesitan en absoluto quedarse solteros para ser felices ni casarse para ser desgraciados pero debido a la circunstancia de que cuando se casa un hombre siempre se casa una mujer y viceversa, la lectura de este libro es recomendable para los casados, hombres o mujeres, que pueden mirarse en él y para los solteros que pueden mirarse en el espejo, cosa que ya hacen y siguen haciendo después de ingresar en el matrimonio, con lo que queda demostrada la perdurabilidad de la naturaleza humana a través de las instituciones". 


Plan general de la obra.-

"Este libro está dividido en quince capítulos, numerados con cifras romanas, del uno al quince, o sea del I al XV.
Dentro de cada capítulo se han hecho varias subdivisiones, para la mayor claridad en la exposición de los hechos, numeradas con guarismos más pequeñitos que los de los capítulos. Esta segunda numeración no es continua desde el principio hasta el fin del libro: empieza por el 1 en cada capítulo y acaba con el número correspondiente.
Cada capítulo lleva su correspondiente subtítulo, por puro alarde de facultades. El autor ha oído decir algunas veces que era más difícil encontrar un título que escribir un libro, y, para demostrar que sabe vencer dificultades, en un solo libro usa dieciséis títulos.
Antes del texto de cada capítulo (que es la parte esencial del mismo) se encuentran, como preliminares, un Apólogo y seis parrafitos. El apólogo (del griego apólogos relato, cuento; no del griego apos, fuera, y logos, palabra, lengua; ni del griego apos, sin, y logos, razón. Las desinencias griegas han dado lugar, con letras iguales, a sentidos diversos, debido a que el griego es una lengua muerta y no puede crear una desinencia nueva para cada una de nuestras palabras. Apocado procede de apos, sin, y cados, empuje, arrojo. Si siempre se establecieran con precisión las etimologías de las palabras que se usan, los libros serían un poquito más largos, pero no podría haber dudas respecto de su significado). El apólogo (lo repito porque se ha quedado muy lejos) no tiene que ver nada con el argumento del libro. Pero su lectura contribuirá a formar en el ánimo un estado propicio para identificarse con el sentido del texto. Si algún lector ocupado (en otras cosas) sólo quiere leer los apólogos, no se enterará del contenido del texto, pero no habrá perdido el tiempo o, por lo menos, tanto tiempo como los que lo lean todo.
 A los apólogos, siguen seis parrafitos en forma de sentencias o «busilismos» (1). Tres de ellos convienen a un hombre feliz y los otros tres a un hombre desgraciado.
Ser feliz o ser desgraciado no depende exclusivamente de haber sido o no agraciado con uno de los premios gordos de la lotería. La felicidad y la desgracia son estados crónicos del alma que sitúan a los sujetos en planos distintos y les suministran prismas o puntos de vista personales también distintos. Por ejemplo: si un hombre feliz hereda, se alegra de su buena estrella; si hereda un hombre desgraciado, se lamenta de que no haya heredado otro.
Al principio del libro se ha puesto una lista de personajes por orden de aparición, para que el lector empiece a trabar conocimiento con ellos y sepa con quién se las ha de entender. Si algún personaje no le es simpático, puede suprimir los trozos donde él interviene.
Al final hay un epílogo en donde se examina la relación íntima de este libro con otros dos de inmediata publicación, que serán mucho más entretenidos porque el autor habrá aprendido un poquito más a escribir libros". 

El autor.-

"Antes de ser escritor Noel Clarasó ha sido estudiante, buzo, conserje de hotel y domador de fieras. Hijo de una familia muy incomodada (con él, por sus rarezas) nació casualmente en Alejandría hace algunos años. Pero le llevaron a España en un barco de carga antes de que sobrepasara el peso autorizado como equipaje por persona. Empezó a escribir a los seis años, aunque no publicó su primer libro hasta pasado algún tiempo. Ha estudiado en las Universidades de Madrid, Salamanca, Zaragoza Compostela y Barcelona y aunque no ha logrado doctorarse en ninguna, ha podido conocer de cerca los ambientes más dispares de nuestra patria. Terminados sus estudios, ha viajado por casi todo el mundo sin enterarse de nada, cosa que ahora lamenta mucho, pues según él mismo confiesa, se ve obligado a buscar la documentación en los libros de viajes ajenos. Su tendencia a tratar temas matrimoniales se debe quizás a que se ha casado cuatro veces, tres de ellas con muy mala fortuna".


* * *

(1) "Esta es la primera vez que aparece la palabra "busilismo". No se sabe cuándo la aceptará la Academia de la lengua, pero ya desde este instante ella, la palabra, lucha con todas sus fuerzas contra los cincuenta señores académicos, para introducirse en el Diccionario entre "busilis" y "buso", que es el sitio que le corresponde por alfabetización. El BUSILlSMO es de hoy en adelante, "la expresión breve y simplificada de una verdad como un templo". Nada más, ni nada menos. Las máximas pueden interpretarse y ser ciertas en un sentido, y en otro. El busilismo es cierto siempre y no admite interpretaciones ni filigranas. Es la lógica pura convertida en literatura sentimental. En el fondo, nada hay más sentimental que la verdad. Una mentira poética llena el alma de dulces veladuras, pero sólo una verdad claramente expresada penetra como un dardo en el pensamiento. Ejemplo: "Usted parece un imbécil, pero lo es mucho más de lo que parece". ¿Qué fibra no se conmueve? Si existe alguna debe de ser una fibra vegetal" [N. C.].


[preparado por Sr. Verle a petición de Z.]

 

4.9.24

Lección de anatomía.

LECCIÓN DE ANATOMÍA: LA MANO.



  [Convalecencia: recuperación tras recuperación].
 
 
De varias lecturas convalecientes se ha seguido un hilo conductor que, relacionando diversas bellas artes, se ha dirigido hacia ese órgano humano, demasiado humano. Cuando W. Benjamín escribió sobre la interrelación entre las artes expuso una metáfora provocadora, que puede con Jung ser reinterpretada, comparando el pintor con el mago y el arquitecto con el cirujano. Me temo que todos estos personajes van a aparecer, con distintos papeles, en estas impresiones.
En una conversación periodística entre la curadora Elena Ruiz y el mentalista Anthony Blake, éste planteaba respecto a la técnica que si bien estos tiempos digitales actuales se dicen la 'era del silicio', ya en la edad de piedra se usaba, y bien, su mineral, el sílex. A lo que aquélla le apostillaba que eso ocurría porque entonces el alma humana estaba en la mano. Es evidente que la mano constituyó el modelo primitivo de todas las herramientas de la civilización. 
Con mayor profundidad Rilke ya había hecho corresponder no la técnica, sino la creación artística con el acto primigenio de poner la mano sobre la tierra y dejar alguna huella. Aparición de la grafía y sobre todo materialización del pensamiento simbólico. La mano suplanta al rostro y habla.

Pero el tacto además nos une a lo tocado. Ya se había comentado en otros blogs la hapticidad y la conexión benjaminiana entre arquitectura y el reino de lo táctil y así, las sugestiones del arquitecto finés Pallasmaa, para el que el elemento erótico de la arquitectura está representado por el tacto que invita, nos expresaba en una entrevista, a juntarse y a ser uno con lo tocado. Por eso con la escala adecuada, se consigue el entendimiento de cómo la mano toca al edificio. Un aprendizaje con la mano.
Por el contrario, en muchas de las artes, hoy predomina lo visual, por lo que el resto de los sentidos han dejado de ser instrumentos adecuados para un cerebro que, desde el primer cuarto del siglo XX, ha acabado tal vez demasiado ardiente. Nos lo recordaba en Babelia, Calvo Serraller a propósito del pintor protagonista de un relato de Mirbeau, el cuál, antes de morir, se corta la mano con la que pintaba. ¡Qué creador necesitará sus manos en el arte conceptual!
 

Quizás por participar inconscientemente de esa idea, en la citada conversación entre Blake y Elena Ruiz, ésta, era directora de museo, rememora lo que le sugiere haber visto en La Haya 'La lección de anatomía' de Rembrandt para abundar en la reivindicación de esa parte de nuestro cuerpo. Nos recuerda que las lecciones de anatomía se hacían públicas, empezando la disección por las partes más blandas etc. Rembrandt pintó dos lecciones de anatomía, por encargo ambas, la segunda en 1656 de Ámsterdam que presenta un escorzo mantegniano y está dañada, y, la más famosa, la del doctor Nicolaes Tulp en 1632.
A ella se refiere Elena Ruiz cuando dice: «Aristóteles planteaba que la mano es donde reside el alma. Y ese cuadro empieza por la mano del doctor». Con razón citaríamos a Heidegger para el que en cada movimiento de la mano persiste un elemento de pensamiento.


Pero se equivoca, creemos, de interpretación. Si observamos el cuadro no es la mano, esa recurrente mano, su esencia, sino la vista, mal que nos pese. Lo que ven los personajes es lo que importa. Aunque recordando a Deleuze la mirada, independiente de sus funciones ópticas, también descubriría en sí misma una función de tocar que le pertenecería por entero.
No tendríamos más remedio que darle la razón a Sarah Kofman y a su lectura, 'La muerte conjurada', de esa obra maestra. En ella los doctores no observan ni la mano del doctor Tulp ni el cuerpo del presidiario ejecutado Abrian Adriaenz, los médicos que asisten a la lección de anatomía examinan el libro abierto al pié del yacente. Y el libro organiza el espacio. Rembrandt nos muestra que allí donde su vista se posa, allí está lo trascendente. Aprendiendo la lección del libro, el cuerpo de doctores está por encima del cuerpo del cadáver y por tanto por encima de la muerte.
Por eso, Derrida, en su homenaje póstumo escrito a la muerte de su amiga Sarah, pretende asemejarnos a esos médicos, como sí leyendo nosotros, los últimos escritos de la Kofman o cualesquiera otros libros, signos, nos dice entonces, sobre la sábana rígida de papel, quisiéramos como en el cuadro, olvidar, rechazar, negar o conjurar la muerte e incluso la angustia ante la muerte de un ser querido. Ésta acabaría siendo, el libro abierto que ocupa el lugar del cuerpo abierto, la verdadera lección de Rembrandt. La verdadera lección, pues, de anatomía.
 
 
 
 

7.8.24

Cultura o Civilización (y III)

(Google)

 

 III

 Cronológicamente, el primer pensador español con interés por la esencia y marcha de la civilización y de la cultura fue Donoso Cortés, quien sostuvo la distinción entre civilización y cultura.

Según él civilización habría que referirla al posible perfeccionamiento o progreso del individuo y de la sociedad en el plano de los valores del espíritu. En cambio, la cultura habría que referirla al progreso humano individual y colectivo en el plano de los valores materiales. Esa doble designación se refería a una doble vertiente del fenómeno global del progreso y desarrollo humano.

No es que Donoso niegue, en absoluto, que el hombre pueda progresar a lo largo de la historia. Pero subraya la distinción entre ‘progreso’ y ‘perfección’. Por eso distinguió entre la ley del progreso y la ley de la perfección. Progreso sería equivalente más a cultura y perfección a civilización. En todo caso, la posibilidad de perfeccionarse, o mejor, de progresar, ha de concretarse dentro de ciertas coordenadas. En primer lugar, tengamos en cuenta la distinción antes hecha entre cultura y civilización. Según esa distinción los pueblos pueden mejorar, crear valores nuevos en el campo de la cultura, pero no en el campo de la civilización. Según él, los griegos y los romanos crearon cultura, pero no civilización. Porque “la cultura es el barniz, y nada más que el barniz de las civilizaciones”.

Para él, cultura y civilización son dos etapas comparables a las de la maduración de un ser viviente. Pero, al contrario de Spengler, para Donoso no es la civilización decadencia de la cultura, sino la cultura, ascenso hacia la civilización.

Donoso criticó así la idea que los racionalistas tienen sobre el origen y avance de las culturas y civilizaciones. Según esta ley que llaman los racionalistas del progreso, los hombres comenzaron a vivir una vida áspera y salvaje; han vivido luego una vida trabajadora y cazadora; después una vida errátil y pastoril; más adelante, vida asentada y quieta, hasta llegar al estado y punto en que hoy estamos, escribe con ironía Donoso. Para aquellos la sociedad y el hombre van pasando juntamente de un progreso a otro progreso e incluso de una perfección a otra perfección.

Sería entonces la humanidad –en contra de lo que sostiene Donoso- la que obra exclusivamente su propia transformación por medio de todos estos progresos y de todas estas perfecciones.

También Unamuno enfocó el problema de la cultura. Para él, la cultura es el precipitado de la civilización. “La civilización es la matriz que contiene los elementos de cultura aún no individualizados (…) las reservas nutritivas de nuestro espíritu. Pero contiene a la vez los detritus, residuos y excrementos, y cuando éstos sobrepujan a aquellos otros elementos, la desintegración empieza y avanza”. Sin embargo la cultura a que hace referencia no es la intelectual ni la técnica, sino, ante todo, la espiritual.

No incidentalmente, Ortega y Gasset hizo de la cultura un tema favorito y hasta central en su pensamiento. Según él, de la cultura, como de la civilización, sólo cabe un concepto formal: “Cultura es el conjunto de reacciones intelectuales y prácticas en que se realizan ciertas normas ungidas para nosotros de un valor absoluto y decisivo”.

Ha sido este aspecto de la cultura como reacción frente a la vida el más estudiado por el filósofo madrileño. Junto al imperativo cultural está el imperativo vital. Así, frente a belleza, deleite.

Que Ortega proteste contra el racionalismo no quiere decir que propugne una vuelta rousseauniana a la espontaneidad primitiva. Lo cultural es, para él, lo vital. Lo que él defiende es una complementaridad de valores (raciovitalismo). Ya que cultura sería “el sistema vital de las ideas en cada tiempo”.

 

Notas:

Donoso Cortés, J.- Obras completas, I,  B.A.C., Madrid 1946.

Unamuno, M.- Ensayos, I. Aguilar, Madrid 1958.

Ortega y Gasset, J.- Obras completas, III. Editorial Revista de Occidente, Madrid 1957.

 *


 

Cultura o Civilización (I)

(Google)

 

 Spengler vs. Toynbee

"Las civilizaciones, como estructuras culturales e ideológicas de todo sistema internacional (junto con las político-militares y las económicas), nacen, crecen, se debilitan y mueren (Spengler) o se transforman (Toynbee).

Las culturas (civilización para Spengler [La decadencia de occidente] es simplemente la última fase de una cultura) (...) son sólo (...) 8 las que él reconoce en la historia de la humanidad, frente a las 19 que identifica Tonybee".

Felipe Sahagún.

[El Cultural 10/09/2021 pg.6

 

Cultura o Civilización

 No es extraño que, en general, se confundan los términos ‘cultura’ y ‘civilización’. En el propio diccionario de la R.A.E. sus definiciones son ambiguas por el grado de coincidencia. Pero más que sinónimos, esos vocablos serían, y así lo demuestra su uso histórico, antónimos, incluso antagónicos. Se desarrolla a continuación, con la ayuda de los estudios culturales citados en la bibliografía, una revisión de algunas de las cuestiones que han sugerido dichos conceptos, poniendo en evidencia su polisemia, cuando se han utilizado en diferentes campos del saber.

 I

 Entre los griegos, la cultura designaba la enseñanza y el aprendizaje de los más jóvenes. Desde esta perspectiva, la cultura se vincula con la infancia del hombre. Y de esta forma, se alude a sus características básicas, a aquello que le hace tener validez universal para cualquier tipo de asociación humana.

Etimológicamente es necesario conocer su significado. Sabemos que el origen del término cultura deriva del verbo latino colo, colere, que en la Roma del Imperio significaba cultivar, cuidar, proteger, habitar, practicar, honrar, venerar, y del que también deriva el término cultus, culto.

Así, un sujeto puede ser cultor (cultivador), o cultus, (adj.  cultivado). Y su acción puede ser cultus (cuidado) o cultura, (cultivo). También hay otra palabra afín, culter, cutelo que significa cuchillo, incluso arado, herramienta que representa la dimensión técnica, la techné heideggeriana, el utensilio como prótesis de la mano, artefacto obra del hombre.

La temprana connotación de cultivo de la naturaleza se ha preservado hasta tiempos modernos, aunque referida no tanto al cultivo de la tierra como al perfeccionamiento de la naturaleza humana.

En efecto, por semejanza con el cultivo del campo (agricultura), se denomina cultura a la acción de fomento y encauce que el hombre ejerce sobre lo natural: ya sea sobre su natural propio (cultura en el sentido de formación –Bildung–), o ya sea directamente sobre la naturaleza externa. Por extensión pasó a denominarse así no sólo al proceso sino también al resultado de este cultivo, de ahí el adjetivo culto.

Pero aún queda otro vocablo, emparentado directamente con colo está el término colonia, que es como los romanos denominaban la propiedad rural. Sus soldados veteranos, eméritos, se convertían en colonos. El colono habitaba en la civitas (*). Su modo de vida era la ‘civilización’.

 (*) La otra palabra latina que designa a la ciudad, aparte de civitas, es urbs, relacionada con area, una parcela de tierra, arvum, un campo arado y urvare, que significa conducir un arado ceremonialmente alrededor del solar propuesto para crear una ciudad.

 Uno de los hechos fundamentales en la vida humana lo constituye la posesión de la tierra, aspecto de capital importancia para una cultura, predadora e itinerante como era la de los indoeuropeos. La fijeza del suelo, de la tierra, fue un elemento de invariancia de cierta especie de cultura.

Esa superposición de la cultura a la naturaleza es un proceso de enorme complejidad, en el que el hombre, como resultado del propio proceso de la civilización, va despojándose progresivamente de sus condicionamientos naturales y se abre al mundo de las relaciones sociales, ámbito en el que la racionalización y la complejización empiezan a manifestarse como rasgos determinantes.

La cultura designa toda la obra del hombre. Es la creación humana que se contrapone a la naturaleza. En cierto sentido, la cultura no posee ninguna significación particular que se oponga a la civilización. El contrario de la cultura no es la incultura, sino la naturaleza (*).

 (*) Según Sombart, la cultura se desglosa en cultura subjetiva, que forma el patrimonio individual de cada persona; y cultura objetiva, que designa a “todas las creaciones del espíritu que existen y se constituyen en el exterior de la persona individual”.  El ámbito cultural más representativo de la modernidad sería la técnica.

 La voz cultura evoca, pues, inevitablemente la de civilización. Prescindiendo de diferenciaciones más o menos arbitrarias cabe decir que, por error, en muchas ocasiones se usan esas palabras como sinónimas, el escoger una u otra dependería de circunstancias extrínsecas. No obstante, cada una sugiere aspectos distintos. Cultura (como hemos indicado, de colere, cultum) se refiere primariamente al individuo; civilización (de civilis, civitas), más bien a la convivencia, a la sociedad. La cultura es ad intra; la civilización, ad extra.

Por eso se denomina a veces, como veremos, cultura al aspecto individual intelectual y artístico, y civilización, más bien, a los aspectos sociales técnico-utilitarios.

Pocos grupos de conceptos aparecen entrelazados tan confusamente como civilización y cultura. Su polisemia y ambigüedad son fundamentales para entender nuestro tiempo, a partir del siglo XIX en el que cobraron protagonismo. También los orígenes, no sólo etimológicos sino históricos, de ambos términos se entrecruzan. Civilización remite a su opuesto barbarie o naturaleza, igual que cultura está asociada a la idea de cultivo y, por tanto, al proceso y a la herramienta que transforma la naturaleza. Los usos históricos de ambos son durante mucho tiempo más o menos coincidentes hasta comenzar, como veremos, a separarse en pleno siglo XIX, la civilización tendiendo a expresar la “civilité” francesa (o conjunto de modales cortesanos) y la base técnica o material que la acompaña, y la “kultur” alemana definiendo el espíritu, la literatura y las artes.

En el uso contemporáneo de esos términos, en cultura cabe descubrir dos sentidos básicos: cultura como ‘perfeccionamiento’ de la naturaleza -sentido que, trasladado al plano social puede equipararse hasta cierto punto al concepto de civilización–, y cultura como ‘expresión’ de la subjetividad –sentido que hizo su aparición con el romanticismo.

El primer sentido de cultura –cultura como perfeccionamiento- adquiere, además, claras connotaciones universalistas: cultivarse forma parte de la tarea moral del hombre, el cual ha de abandonar el estado de naturaleza y entrar en un estado civilizado, por la adopción de ciertas instituciones jurídicas. En el contexto de las filosofías ilustradas de la historia, en efecto, el término cultura aparece estrechamente vinculado al de civilización.

En claro contraste con este uso eurocentrista, el segundo sentido de cultura como expresión, afín al pensamiento romántico, recoge la idea de una posible diversidad de modos de realizar la humanidad común.

Por otro lado, la polisemia citada es particularmente relevante en el caso de la palabra civilización. Cualquier diccionario en nuestra lengua nos ofrece dos entradas bien distintas, una que llamaríamos ‘descriptiva’ y otra ‘normativa’. La civilización en sentido descriptivo sería un conjunto de elementos, materiales e inmateriales que caracterizan a una sociedad determinada. Normalmente, una sociedad del pasado. Mientras que la civilización, en sentido normativo, indica un nivel de excelencia, de refinamiento o de perfección al que tiende una sociedad en un momento dado. La civilización, bajo esta acepción, es un objetivo ideal que ya ha sido alcanzado o se persigue alcanzar.

La diferencia entre una y otra es sensible. Mientras que en sentido descriptivo uno puede comparar sin más dos civilizaciones como dos realidades independientes cada una con su propia lógica y valor, en sentido normativo, la civilización alude a una jerarquía o progresión. Existirían momentos de más o menos civilización (esplendor o declive) y existirían, irremediablemente, unas sociedades más civilizadas que otras.

Además, las civilizaciones contendrían siempre diversas culturas. Esas culturas lejos de ser unitarias o convergentes, a menudo rivalizan unas con otras. Pero esa pluralidad se traduce también en positivo, ya que la pluralidad aporta distintas visiones reflexionadas del mundo.

La civilización es el resultado de un proceso histórico. Es una manifestación cultural. Existe una cierta jerarquía implícita en el devenir histórico que viene dada por el lugar que ocupa una cultura en un determinado momento de la historia de la humanidad. La cultura se convierte en la emanación trascendente de la comunidad.

Desde la perspectiva de la Ilustración, la historia se producía desde el primitivismo hacia la civilización. Adquirir cultura y ser civilizado venían a ser lo mismo: perfeccionamiento de la naturaleza humana, en su dimensión social.

Es en el siglo XIX cuando esos conceptos –civilización y cultura– llegaron a separarse, en parte por circunstancias sociopolíticas. Cultura y civilización como términos equivalentes, en tiempos del Imperialismo ya no fue posible, por lo menos en dos países, Alemania y Francia. En esta época estuvo en todo su apogeo la polémica entre alemanes y franceses para determinar el valor intrínseco de cada una.

La palabra civilización, asociada principalmente a la Ilustración francesa, vino a representar la ‘racionalidad’, el ‘refinamiento social’ y el ‘progreso técnico’, mientras que la palabra cultura, más vinculada al Romanticismo alemán, se ve sobre todo como ‘expresión de lo humano’, y, desde esta perspectiva, se viene a subrayar que el progreso científico-técnico no lo sería todo en términos de cultura.

En el contexto alemán, el concepto ‘cultura’ adquirió connotaciones más éticas, relacionadas, como se dice al principio, con el concepto de Bildung (formación), usado para enfatizar el cultivo individual, mientras que la palabra propiamente cultura retenía una connotación más social. En cualquier caso la Bildung puede concebirse como una apropiación individual de la cultura.

Si el sentido ‘ilustrado’ de cultura como civilización comporta una dimensión universalista, el sentido ‘romántico’ de cultura, como expresión de la subjetividad, viene a enfatizar la peculiaridad espiritual de cada pueblo.

El uso universalista de cultura-civilización registraría una reducción de la cultura a sus elementos más materiales y técnicos, en detrimento de los elementos morales y espirituales. A su vez, el uso expresivista de cultura significa que a partir de aquí su destino aparecería inextricablemente vinculado al destino de la subjetividad y de la conciencia.

Con carácter general, en el mundo contemporáneo, profundamente marcado por el proceso de individualización, la dimensión expresiva de la cultura fácilmente se interpreta desde la perspectiva de la originalidad individual.

En esa concepción moderna de cultura se echaría en falta la connotación social que atribuimos a la palabra. Aquello no significa que la referencia al contexto social esté ausente.

Pues si, en definitiva, la expresión de la individualidad cuenta como cultura es porque incorpora significados más o menos comprensibles y, en esa medida, una dimensión social. Expandir la noción de cultura de tal forma que pudiera abarcar la dimensión social y política, para insertar este concepto en la corriente histórica.

Actualmente, con frecuencia se prescinde del sujeto de las acciones y se llama cultura a un colectivo dinámico en ascenso de nivel a lo largo de la Historia.

También, un cambio notable es que el concepto de cultura ha pasado a designar realidades cada vez más ‘fragmentadas’, mientras civilización sigue refiriéndose a ‘totalidades’ con vocación universal. No obstante, subsiste la acepción de cultura como cultura universal o alta cultura, en conflicto a menudo con la idea de cultura como identidad y también con la de cultura como mercancía.

[continúa]

 

*Referencias Bibliográficas específicas:

 Bustos García de Castro, R. (2007).- Breve reflexión sobre las ideas de civilización, cultura y religión pseudoteorías del miedo y bases para el diálogo en la sociedad internacional. UNISCI Discussion Papers (14). pp. 11-18.

Calduch Cervera, R. (2003).- Cultura y civilización en la Sociedad Internacional. Iglesia, Estado y Sociedad Internacional. Libro homenaje a D. José Jiménez y Martínez de Carvajal.- Edit. Universidad San Pablo – CEU. Madrid. pp. 299-323.

García Picazo, P. (1993).- Totalidad y fragmentación. El mundo de la cultura, el universo de la civilización. En REIS: Revista Española de Investigaciones Sociológicas,  Nº 64, octubre-diciembre. Madrid. pp. 81-104.

González, A.M. (2010).- Cultura y civilización. En: A.L. González (Ed.). Diccionario de Filosofía. Eunsa: Ediciones Universidad de Navarra. Pamplona. pp. 265-268.

Starobinski, Jean (1999).- La palabra civilización. PRISMAS: Revista de Historia Intelectual. Vol. 3. Nº 1, enero-junio. Universidad Nacional de Quilmes (Argentina). pp. 9-36.